Éxodo. Asir las costas de la experiencia y adentrarse en el interior, en lo más hondo. No de uno mismo, sino de aquello que desborda nuestro cuerpo y lo pulveriza en islas, en archipiélagos, en latitudes que conviven dispersas y en las que moran mundos que apenas somos capaces de nombrar. Entonces volver aquí, volver ahora y habitar la multitud, el habla constelada que compartimos como el pan. Y trocearlo juntos, juntas comerlo y saborearlo. Reponer las fuerzas, recuperar la voz. Para no retroceder frente a la voracidad de un presente que arde, para no caer. Labrar si fuese necesario con el agua del desierto.
Mario Espinoza Pino





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