Los tres clavos en el ataúd de Pedro Sánchez tienen nombre y apellidos: Koldo García, Santos Cerdán y José Luis Ábalos. La marea de lodo, las mordidas, las adjudicaciones arbitrarias y el enriquecimiento ilícito ha subido varios metros dentro del PSOE, enfangando la figura del siempre pulcro Pedro Sánchez, el presidente que vino a terminar con la corrupción del Partido Popular en 2018. Sánchez enterró la presidencia de Mariano Rajoy tras una sonada moción de censura que justamente criticaba lo que hoy se ha vuelto contra él. En cuanto al caso Koldo y Cía., no hablamos de un caso de corrupción cualquiera, sino de uno en el que están implicados dos de los ex secretarios de organización de Sánchez. Cargos de confianza y viejos amigos que hacen sospechar que aún estamos lejos de los últimos capítulos de esta serie con aroma a Los Soprano. Eso sí, su trama se encuadra en la serie de clásicos del Régimen del 78. Remember Filesa.

Ante una situación así, y frente la presión constante del Partido Popular, que ha hecho del Lawfare y de la mentira sus señas de identidad –judicatura mediante–, Sánchez pensó que podía jugar la baza de la política exterior. Es una táctica inteligente, al menos a priori: sacar la pelota de un escenario lleno de fango hacia otro en el que Sánchez sabe situarse siempre bien y a la izquierda. De hecho, su reputación en Europa es la de un presidente socialdemócrata muy implicado en el desarrollo de políticas sociales e inclusivas (a pesar de la Masacre de Melilla). Allí la Ley Mordaza no le pasa factura, tampoco las nulas políticas de vivienda que ha implementado durante su mandato. Incluso puede permitirse dar discursos humanitarios sobre Gaza que no le comprometen a nada y visten muy bien como promoción simbólica de los Derechos Humanos.

Así las cosas, puede decirse que el ámbito internacional es el medio del presidente: se mueve como pez en el agua. Pero desde la imputación de Santos Cerdán las cosas han cambiado. Algo se ha roto y se refleja en el rostro de un Sánchez cada vez más plomizo y anguloso. Probablemente el presidente y sus asesores pensaron que había que apostarlo todo a la cumbre de la OTAN en La Haya. Había que vestir al líder del PSOE como un gobernante independiente, capaz de hacer gala de perfil socialdemócrata y (casi) antibélico. Un presidente audaz con el talante y la solidez suficientes para limitar las directrices generales de la Alianza Atlántica. En un gesto muy típico del siglo XIX al que ya nos tiene acostumbrados, Sánchez envió una misiva a Mark Rutte, Secretario General de la OTAN. Allí decía, con tono razonable y seguro de sí mismo, que España no comprometería un 5 % de su Producto Interior Bruto al gasto en Defensa y Seguridad –al gasto militar, para más señas–. A lo que sí se comprometía era a ser un socio fiel y responsable.

Tras la respuesta de Rutte, una respuesta burocrática que reclamaba una lectura precisa, Sánchez dio una rueda de prensa en la que quiso representar ante el pueblo esa faceta que tan bien interpreta en el plano internacional. Básicamente repitió los argumentos que había esgrimido ante Rutte sobre el dichoso 5 %: en base a la soberanía de los socios de la OTAN, España decidiría en materia de gasto militar, porque alcanzar un 5 % o una cifra demasiado onerosa (léase por encima del 2,1 % que él mismo accedió a gastar) repercutiría negativamente en la vida cotidiana de la ciudadanía. Obligaría a ralentizar la economía, disminuyendo su competitividad –mantra neoliberal donde los haya–, al tiempo que golpearía duramente el Estado de Bienestar y los Servicios Públicos. ¿Por qué? Porque implicaría recortes y nuevas políticas de austeridad –todo un guiño al pasado del Partido Popular–.

Con una maniobra de evasión, Sánchez acaparaba los focos, parecía enmendar a la OTAN, conseguir un trato de favor de Rutte y además salirse con la suya. Incluso más. Con este juego efectista el presidente se diferenciaba del líder de la Alianza, Trump, situándose como valedor de una forma alternativa de gobierno en un escenario copado por la extrema derecha. Parecía poder respirar tranquilo. Lo había vuelto a hacer. Sin embargo, la terca realidad era otra. En aquella misiva en inglés, Rutte no hablaba de ninguna excepción española. Solo decía que otorgaría “a España la flexibilidad necesaria para determinar su propia trayectoria soberana para alcanzar el Objetivo de Capacidad y los recursos anuales necesarios como porcentaje del PIB, así como para presentar sus propios planes anuales”. Nada más y nada menos. Flexibilización del gasto, algo que ya reclamaba Sánchez en su carta inicial. Pero de la respuesta de Rutte no se seguía que España pudiera zafarse de la sombra del 5 %, esto es, de aumentar el gasto militar muy por encima del 2,1 % que Sánchez se marcaba como límite.

Parole, parole
Sánchez tal vez pensó que con su rueda de prensa y la escenificación de su gran éxito internacional ante la OTAN, el caso Koldo & Cía. se diluirían un poco en la memoria y la retina colectivas. O al menos se generaría cierta compensación gracias a un estímulo positivo. Como decíamos más arriba, el movimiento era en principio inteligente: Sánchez se vestía de izquierdas, asumiendo parte (solo parte) del razonamiento de la izquierda antibelicista –un aumento del gasto militar se traducirá en recortes–, pero siempre con su performance responsable y fiel a la OTAN. Ni demasiado gasto, ni tampoco cuestionar la política de rearme y el belicismo de la Alianza Atlántica. Lo que se dice ocupar el centro del centro, vamos. Pero lo que una rueda de prensa afirma, puede desmentirlo otra. Y eso es lo que ha sucedido con Sánchez y su supuesto acuerdo particular con Mark Rutte y la OTAN.

Interpelado por los periodistas, Mark Rutte negó que hubiera algún tipo de cláusula especial por la que España se encuentre excluida de los objetivos del 5 % en Defensa. De hecho, ha reiterado que España deberá invertir el 3,5 % de su PIB para satisfacer a la Alianza y sus socios. Una cifra muy por encima del 2,1 % prometido por Sánchez. «En la OTAN no hay clausulas de exclusión y no entiende de pactos o acuerdos paralelos», afirmó recientemente el Secretario de la OTAN. Comentando a su vez que lo que se ha pactado con España es “flexibilidad” en los avances hacia los objetivos de la llamada “Cumbre del 5 %”. De hecho, se ha ratificado que todos los socios han firmado por el 5 %. Entonces, pese a que Sánchez lo niegue tendrá que haber recortes ¿Presenciaremos nuevas políticas austeridad? El caso es que ya hay recortes en los presupuestos prorrogados. Subir el presupuesto en defensa a más del 2 % (unos 4000 millones) habría dejado tocados los fondos de Hacienda (3000 millones menos) y Educación (1000 millones menos).

Lo interesante de toda esta situación es lo que podríamos denominar como el efecto del mal menor generado por Sánchez y el PSOE. Hace unos meses el 2 % del PIB en Defensa nos parecía una atrocidad –de hecho, a muchas y muchos nos lo sigue pareciendo–. Pero claro, ante el 5 % exigido por la OTAN, la apuesta fake de Sánchez parecía todo un triunfo de su seriedad y diplomacia: ni tan mal ese 2 % en gasto militar, pues el mal mayor –patrocinado por Trump– se habría evitado. Como decía Antonio Gramsci, sucede que “el concepto de mal menor es uno de los más relativos”, pues “todo mal mayor se hace menor en relación con otro que es aún mayor”. Se trata del proceso de adaptación de una fuerza política a un movimiento regresivo, en el que esta va capitulando poco a poco, episódicamente, a “trechos cortos”, pero no “de golpe”. Lo cierto es que la lógica del mal menor no anticipa otra cosa que el declive y la adopción de una realpolitik a tono con el belicismo y el autoritarismo de la época. Esos son los límites del neoliberalismo progresista del PSOE.

De hecho, podríamos interpretar los tejemanejes de Sánchez con la OTAN y sucínica mentira ante el pueblo del Estado español como otro síntoma más de decadencia. Tal vez incluso quepa hablar de la inauguración de una nueva fase de su gobierno: el tardosanchismo. Un deslizamiento cada vez mayor hacia un tacticismo sin horizonte, una debacle paulatina, como en sordina, para evitar el gran estruendo. Pero una pendiente que parece no tener retorno. Ni siquiera la vehemente petición inmediata de suspensión del acuerdo comercial con Israel, protagonizada por el nada vehemente Ministro de Exteriores, el Sr. Albares, ha podido tapar este fiasco político del sanchismo. Los indicios de violación de Derechos Humanos están ahí (más de 57 000 personas asesinadas, algo más que indicios), pero la UE ya ha descartado la suspensión del acuerdo; como mucho revisará algunos puntos. Y veremos si lo hace, porque no está claro. La UE de Kaja Kallas y Ursula von der Leyen es renuente a actuar contra Israel. Es lo que tiene el vasallaje a Estados Unidos, incluso si se disfraza de autonomía estratégica vestida de verde militar.

El declive del progresismo
Por supuesto, la decadencia del PSOE arrastra consigo a sus socios. Los de investidura pueden estar más o menos tranquilos: tienen su agenda y ya plantearán las cuestiones de confianza que consideren. Aunque se lo pensarán dos veces, ya que el fango siempre salpica. Quien parece no pensárselo ni media vez son SUMAR e IU –integrantes del gobierno–. De hecho, el Ministro Urtasun valoró muy positivamente el acuerdo fake de Sánchez con la OTAN, pues nada exime a España de los objetivos del 5 % del PIB en gasto militar marcados por la cumbre de La Haya. SUMAR habla de que este gesto –que no es más que eso, política de gestos– es parte del “reseteo” que necesita la legislatura. Es decir, más de lo mismo. Sucede algo parecido con Izquierda Unida, integrada en SUMAR, que ha considerado que este acuerdo es “bueno”. Están dispuestos a seguir la senda de un sanchismo acorralado y muy tocado. Aunque todavía pueda haber algunas sorpresas.

Lo que es obvio es que el apoyo al gobierno de SUMAR e IU parece el de un bloque con pocas fisuras por ahora. Los apoyos del progresismo parecen estar cayendo por una pendiente de manera acelerada, entregando los restos de su escasa legitimidad política al salvamento del PSOE. Y sin ponerle condiciones reales. Podemos mantiene aquí un perfil distinto y de clara oposición, si bien no descartan ocupar ministerios con el PSOE si se diesen las condiciones. La formación no deja de acusar el desgaste del pasado cogobierno con los socialistas, marcado por los límites de aquella problemática asociación. El abrazo del oso del PSOE al conjunto de Unidas Podemos supuso un golpe para el llamado espacio político del cambio, un espacio a la izquierda del PSOE que ha ido cuarteándose y reduciéndose a marchas forzadas. De hecho, si miramos a la izquierda integrada en el gobierno, uno se atrevería a decir que sufre un proceso de desintegración. Porque, ¿qué es SUMAR?

Tras el paso al grupo mixto de Agueda Micó, diputada de Més Compromís, la organización de Yolanda Díaz y Pablo Bustinduy parece estar deshaciéndose poco a poco. Recordemos que SUMAR nació en el seno del parlamento, es un aparato político que carece de realidad fuera del plano electoral e institucional –por más campañas que hayan hecho como movimiento–. La única apuesta que plantean SUMAR e IU es la de mantener el gobierno más progresista de la historia. Todo para supuestamente evitar el fascismo de VOX y a la derecha del Partido Popular. A nadie se le escapa que el eslogan de que viene el fascismo es un cartucho ya gastado. No solo no moviliza, sino que muestra la debilidad de quienes lo enuncian, incapaces de plantear alternativa alguna desde la izquierda.

El problema que tenemos no es que vaya a venir VOX –que también–, sino que el modelo de gobierno que han planteado el PSOE y sus socios ha tenido muy poco de social y sí mucho de neoliberal y autoritario. La situación de la vivienda es un desastre. El racismo y la LGTBIfobia han aumentado. Poco o nada queda de las políticas de transición verde en medio de la crisis climática que afrontamos. Podríamos repasar los casos de las 6 de la Suiza, los 7 de Zaragoza, los 7 de Somosaguas o los 4 de Rebeldía, por ejemplo, en los que la Ley Mordaza ha tenido su papel –esa ley que se iba a derogar–. O también podemos atender a la deriva belicista en que nos encontramos y a la que Sánchez solo ha sabido oponer trucos de chistera en ruedas de prensa –nada de salir de la OTAN ni cuestionar de manera firme las violaciones del derecho internacional–. Ante el clima antipolítico generado por la corrupción, lo único que puede romper los bloqueos parlamentarios es la lucha social y la movilización.

En estos meses han sido muchas las movilizaciones que han recorrido la sociedad: Palestina, la lucha por el derecho a la vivienda, los conflictos sindicales –la huelga del metal en Cádiz–, las luchas por la Sanidad y por la Educación Públicas. Movilizaciones que siembran no solo en el presente, sino que construyen poco a poco en un espacio de porvenir –un contrapoder ante el neoliberalismo y una cultura de clase para pasar a la ofensiva–. El problema, dada la situación política, es que combatir y cambiar los marcos de la extrema derecha no sucederá de la noche a la mañana. Hablamos de medios plazos, de la necesidad de consolidar luchas, discutir políticamente y plantear alternativas.

Veremos lo que da de sí el tardosanchismo, una fase más cínica y con un dudoso horizonte de expectativa para el progresismo. Un momento en el que la única vía disponible parece ser la huida hacia delante. Si al final de toda la pantomima con la OTAN, Trump termina amenazando de verdad al presidente, Sánchez habrá rizado el rizo y su teatro le habrá salido caro.

Mario Espinoza Pino

Publicado originalmente en Viento Sur 25/06/2025

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