Nota breve sobre el filósofo alemán Jürgen Habermas (1929-2026), recientemente fallecido.
Siempre he pensado que la mejor obra de Jürgen Habermas fue Historia y crítica de la opinión pública (Strukturwandel der Öffentlichkeit), un texto de 1962 que poseía la virtud de proponer una estrategia de lectura histórica y normativa de la emergencia de la esfera pública burguesa y del concepto de «público». Un criterio de lectura fértil incluso en sus ángulos ciegos, los cuales algunos hemos problematizado desde Marx para plantear el surgimiento de otras esferas públicas, como la del proletariado. Eso sí, era difícil seguirle en esa visión virtuosa e idealizada del público burgués, deliberativo, racional e ilustrado, el kantiano «uso público» de la razón hecho palabra en la prensa de los siglos XVIII y XIX. Además, en aquel texto las relaciones de poder y explotación que emanan del propio capitalismo se estilizaban y evaporaban ante su mirada. Por no hablar de la cuestión de género o de la problemática colonial en la modernidad. También era complicado seguir su visión pesimista -muy adorniana en este sentido- de la esfera pública en las sociedades posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Habermas se perdía en el laberinto de la efervescencia contracultural de los 60 en adelante.

A mi juicio, aquella obra inicial ya contenía, en buena medida, el germen de su Teoría de la acción comunicativa. De algún modo, la esfera pública burguesa y la visión dialógica de la racionalidad que se desprendía de ella se hermanaba bien con su posterior ética del discurso -tan idealista y utópica como políticamente ineficaz-. Ahora bien, cuando situamos su empresa filosófica, largamente aplaudida, en relación con sus posiciones políticas, la imagen del filósofo frankfurtiano adquiere otros matices. Todo un claroscuro. Sin duda, Habermas fue el filósofo del Estado de Bienestar, el intelectual que domesticó la Teoría Crítica y la hizo aceptable y poco disruptiva -alejada de autores como Benjamin, Adorno o Marcuse-. Aunque se resistió a la Tercera Vía del SPD de Gerhard Schröder y su Neue Mitte, la sensación que dejó años después fue la de una acomodación a un contexto (neoliberal) de crisis. Una adaptación que rimaba con el proceso de derechización europeo -si bien siempre buscó una atalaya relativamente crítica-.
Sus posiciones sobre el rearme europeo y su apoyo al Estado sionista de Israel resuenan estos días. Y no dejan de señalar los límites de su apuesta ilustrada y su mirada ética, tremendamente eurocéntrica. ¿Sería el rearme europeo condición de posibilidad de una mejor deliberación democrática de los pueblos? ¿Y en qué nivel ético se puede situar el apoyo a un ente colonial y genocida como el sionista? ¿No es la deshumanización de un pueblo, el pueblo palestino, el límite para cualquier apuesta ética? Ironías aparte, la Europa de Habermas, militarizada, capitalista y colonial, se parece demasiado al proyecto que Aimé Césaire criticó tan incisivamente en su «Discurso sobre el colonialismo»: aquella «Europa indefendible» emanada de la modernidad colonial y el imperialismo. Y es que más allá de cualquier ínfula democrática y deliberativa, la Unión Europea no ha sido más que un proyecto neoliberal preso de las viejas pulsiones imperiales. Lo que hoy vemos es una Europa herida que experimenta su propio ocaso. Probablemente la nostalgia ilustrada de Habermas y sus posiciones políticas representen mejor que nadie las contradicciones, el fracaso y la bancarrota moral de la Europa actual.
Mario Espinoza Pino





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