La redacción del portal «Nota Antropológica» ha publicado un artículo que lleva por título «El costo de ser excelente«, en el cual se hace eco en el contexto latinoamericano de nuestro artículo sobre la violencia del paradigma de la excelencia en la universidad. Agradezco mucho esta nota, es toda una alegría que los debates se muevan de territorio y nos muestren sus caracteres comunes, de modo que podamos encontrar soluciones y estrechar vías de discusión.
En nuestro texto, «Las servidumbres de la excelencia: cuerpo, explotación y violencia en la universidad neoliberal», publicado en Sociología Histórica (2026), tratábamos de analizar las condiciones de explotación, precariedad y asimetría de poder que se dan en el espacio académico. Para ello elaboramos, con perspectiva histórica, un análisis crítico del proceso de neoliberalización del Espacio Superior de la Educación en España, mostrando cómo los cambios producidos al calor del «neo-management» universitario han transformado, a su vez, las propias trayectorias académicas y sus dinámicas. Como señala el artículo al que nos referimos:
«La universidad española experimentó cambios significativos desde la aprobación de la Ley Orgánica de Universidades en 2001 y su reforma en 2007. Estas normas introdujeron un lenguaje nuevo que terminó moldeando las prácticas cotidianas. Hablaban de evaluación, de rendición de cuentas, de transferencia al sector productivo. La investigación debía ser de calidad. La docencia también. Para medir ambas se crearon agencias como la ANECA, indicadores bibliométricos, sistemas de acreditación con requisitos cada vez más exigentes. La palabra excelencia empezó a circular por todos los documentos oficiales sin que nadie definiera con precisión su significado, pero con efectos muy concretos sobre las trayectorias profesionales».
Pero lo más importante del texto de «Nota Antropológica» es, a nuestro juicio, el encontrar que estos males de la academia neoliberal son patrones globales que estructuran la academia actual, así:
«En América Latina, procesos análogos tomaron forma a través de políticas de evaluación impulsadas por organismos internacionales y agencias nacionales. El Sistema Nacional de Investigadores en México, creado en 1984, fue pionero en la región y se convirtió en modelo para otros países. Colombia implementó su sistema de medición de grupos de investigación a través de Colciencias, hoy Minciencias. Argentina desarrolló la carrera del investigador científico en el CONICET. Chile consolidó su sistema de acreditación de universidades y programas de posgrado. Perú y Uruguay también establecieron mecanismos de evaluación y categorización de investigadores. En todos estos casos, la lógica de fondo es similar. Se evalúa la productividad medida en publicaciones indexadas. Se asignan recursos y prestigio en función de los resultados. Se instala la competencia como eje organizador de la vida académica».
Asimismo, muchos de los efectos «somáticos» y patológicos denunciados en el artículo que publiqué en Sociología Histórica se reproducirían también en al contexto de América Latina:
«En América Latina, los estudios disponibles, aunque menos numerosos, apuntan en la misma dirección. Investigaciones realizadas en universidades mexicanas, chilenas y argentinas muestran prevalencias elevadas de ansiedad, depresión y burnout entre estudiantes de posgrado y personal académico precario. Las condiciones laborales inestables, la presión por publicar y la falta de apoyos institucionales configuran un escenario de vulnerabilidad extendida».
En cuanto al acoso laboral y sexual, favorecido por la cultura de la excelencia y también denunciado en nuestro texto, se trata de un terreno plagado de dificultades para poder denunciar. Encontramos también analogías importantes entre el contexto español y el de Laatinoamérica:
«En América Latina, la situación no es muy diferente. Los sistemas de denuncia existen formalmente, pero las barreras para acceder a ellos son muchas. El miedo a represalias, la falta de confianza en las autoridades universitarias y la debilidad de los protocolos disuaden a quienes podrían dar el paso. Los casos que trascienden a la opinión pública suelen ser aquellos donde las víctimas cuentan con apoyos externos o donde la presión mediática fuerza la intervención institucional».
Como vemos, estamos ante problemas estructurales del campo académico a los cuales debemos prestar mucha atención. No solo desde una perspectiva teórica, a través del análisis crítico, sino también desde una óptica organizativa y sindical, pues solo así podremos afrontarlos de manera práctica y limitar sus efectos perversos en la vida de estudiantes, profesoras y profesores. Si la competitividad y la jerarquía «enferman» las instituciones universitarias, habrá que aprender a curarlas y transformarlas revirtiendo estas dinámicas.
Mario Espinoza Pino




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