A mi padre, Óscar Espinoza Vásquez,
que migró de su Tambo a Madrid y de niño me enseñó quién era el Amauta
“La América indígena, que es la nueva y futura América,
esperaba recibir el mensaje de la vanguardia
peruana de labios de Mariátegui”.
Gamaliel Churata
“No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia.
Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad,
en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano.
He aquí una misión digna de una generación nueva”.
José Carlos Mariátegui
“Nada importa, en la historia, el valor abstracto de una idea. Lo que importa es su valor concreto. Sobre todo, para nuestra América que tanto ha menester de ideales concretos” 1. Así se expresaba José Carlos Mariátegui en 1925, siete meses antes de la aparición de su primera gran obra, La escena contemporánea. Esta sentencia podría servir como introducción al pensamiento y la praxis del fundador del marxismo en Latinoamérica. Nada de vacuas abstracciones o fantasmagorías: ideas concretas, con raíces en la sociedad, la cultura y la historia del continente americano, ideales con capacidad de movilización popular y perspectivas de materialización práctica. La obra de Mariátegui representa, sin duda, un ejercicio de extrema originalidad teórica y política dentro de la tradición marxista tomada desde una perspectiva global. El intelectual peruano transforma de manera innovadora la teoría de Marx y arraiga su crítica y sus conceptos en una latitud alejada de Europa y de su estructura social: la sociedad peruana del primer tercio del siglo XX. Una sociedad que, siguiendo a René Zavaleta Mercado, podríamos calificar de abigarrada. Un territorio en el que coexisten de manera conflictiva y superpuesta diversos modos de producción, concepciones del mundo, temporalidades históricas y formas de organización política. Esa sociedad de Todas las sangres que tan lúcidamente imaginará José María Arguedas décadas después de la muerte del Amauta. Pero no se trata únicamente del Perú, pues los problemas de la sociedad peruana hablarán al mismo tiempo de los problemas de toda América Latina –así lo entenderá el marxismo latinoamericano posterior–.
Entre las polaridades del cosmopolitismo y el indigenismo, Mariátegui inventará una nueva manera de analizar la sociedad. Estamos ante una mirada capaz de descifrar no sólo la textura económica y política que late en el presente y en la historia, sino también ante una pluma que capta las atmósferas culturales, estéticas y emotivas que cargan toda época –casi un psicoanálisis materialista de las pulsiones que atraviesan la trama social–. Y es que, frente a otros marxismos más fríos, Mariátegui sabrá desenvolverse bien dentro la dinámica pasional y movilizadora que marca el ritmo de las multitudes
–podremos verlo más adelante gracias a su original recepción de la teoría soreliana del mito–. Pero quizá el mejor modo de adentrarnos en la vida y obra del autor de los Siete ensayos sea a través de su puño y letra. En una conocida carta de 1928 a Enrique Espinoza, pseudónimo de Samuel Glusberg, Mariátegui le entregaba a su amigo y escritor algunos “datos sumarios” sobre su biografía:
A los 14 años, entré de alcanza-rejones a un periódico. Hasta 1919 trabajé en el diarismo, primero en La Prensa, luego en El Tiempo, finalmente en La Razón, diario que fundé con César Falcón, Humberto del Águila y otros muchachos. En este último diario patrocinamos la reforma universitaria. Desde 1918, nauseado de política criolla –como diarista, y durante algún tiempo redactor político y parlamentario conocí por dentro los partidos y vi en zapatillas a los estadistas–, me orienté resueltamente hacia el socialismo, rompiendo con mis primeros tanteos de literato inficionado de decadentismos y bizantinismos finiseculares, en pleno apogeo todavía” 2.
José Carlos Mariátegui La Chira nace en Moquegua en 1894. Hijo de Amalia La Chira, costurera y oriunda de Huacho, y de Francisco Javier Mariátegui, funcionario y oficinista de origen vasco. El hogar pronto padecerá carencias económicas debido al abandono del padre. A esta vicisitud habrá que sumarle un accidente infantil a los ocho años, el cual dejará a Mariátegui con una discapacidad en la pierna izquierda que lo acompañará de por vida. Debido a su frágil salud, se verá obligado a permanecer en cama durante mucho tiempo, algo que forjará su temple curioso y autodidacta –una virtud que compensará con creces sus ausencias escolares–. Debido a las condiciones económicas familiares, Mariátegui se incorporará al mundo de la prensa en Lima con tan solo 15 años. Al igual que para Karl Marx, los diarios serán para el Amauta una insustituible escuela de formación y un espacio privilegiado para el análisis y el combate cultural.
El intelectual peruano inicia su andadura como aprendiz en el diario liberal-demócrata La Prensa (1914), convirtiéndose pronto en redactor, para después formar parte de El Tiempo (1916-1919) con la columna “Voces”. Durante esta época, en la que firmará como Juan Croniqueur, diversificará sus esfuerzos entre la revista cultural Mundo limeño, la revista de hípica El Turf y la revista femenina Lulú. También colaborará con piezas poéticas y dramáticas en la vanguardia estética de la revista Colónida (1916), movimiento impulsado por Abraham Valdelomar en clara ruptura con el estilo literario predominante en la República Aristocrática –academicista y colonial–. Como el propio Mariátegui señala en su carta, a partir de 1918 dejará atrás cierto ambiente decadente, bohemio y “escandaloso” 3 para adentrarse en el socialismo. A partir de este viraje el intelectual peruano comenzará a firmar con su verdadero nombre, abandonando el pseudónimo de juventud.
Al final de lo que denominará como su “Edad de Piedra”, su periodismo más juvenil, Mariátegui fundará en Lima con César Falcón y Félix del Valle la revista Nuestra Época (1918), enfocada en una crítica sin concesiones a la “vieja política” del Perú. Estamos ante el comienzo de la orientación socialista mariateguiana –si bien aún de manera moderada–. En aquel medio, de breve vida, participarán firmas de la altura de César Vallejo, Abraham Valdelomar y Percy Gibson, pero también figuras combativas, como el zapatero anarquista Carlos del Barzo. En realidad, solo se publicarán dos números, ya que tras la publicación del texto de Mariátegui “Malas tendencias. El deber del Ejército y el deber del Estado” 4, la revista fue censurada y el joven periodista violentado por elementos militares en la redacción de El Tiempo. El texto, crítico con un reciente discurso militarista del coronel Ballesteros, cargaba las tintas contra la intromisión del Ejército en la dirección política del Estado –el Ejército debía autolimitarse a su esfera y no emitir juicios sobre la política estatal–. Ello generó un enorme revuelo público que terminó con la censura del medio tras la agresión al intelectual peruano.
Sin embargo, Mariátegui no desistirá en su empeño y pronto fundará, junto con Falcón y Humberto del Águila, el diario La Razón (1919). Con una nutrida redacción –del Águila, Luis Augusto Posada, Fausto Carranza o el obrero Carlos Barba, entre otros–, este medio puede ser considerado como el primer diario declaradamente de izquierdas que verá la luz en el Perú. Si bien contenía una amalgama ideológica que iba del anarcosindicalismo al socialismo más utópico, su crítica al régimen de la “Patria Nueva” de Augusto B. Leguía se tornó demasiado incómoda para las autoridades. En el primer número del diario, publicado el 14 de mayo de 1919, aparecieron unas “Palabras preliminares” que afirmaban sin ambages la posición política del medio (Nuestra posición en la prensa). Merece la pena reproducir un fragmento de las mismas, pues marcan todo un estilo y una actitud:
Nuestro propósito sustantivo consiste en contemplar todos los hechos y todas las situaciones con elevación de concepto y de palabra, en decir siempre la verdad, en emplear los caminos más reales para llegar hasta ella, en denunciar y combatir los vicios de nuestro régimen político y social, en trabajar por el advenimiento de esa era de democracia que tanto ansía nuestro pueblo (Mariátegui, 2022: 320).
Entre la información y la agitación, el medio apoyó abiertamente los conflictos más importantes del momento: por un lado, el movimiento de reforma universitaria, por otro la lucha social y obrera por la reducción del coste de la vida –se afilaba así un perfil cada vez más socialista en el enfoque del diario–. Pero al igual que sucedió con el diario previo, La Razón terminará siendo presa de la censura tras sus primeros ocho meses de vida. El editorial del diario “La Patria Nueva. Un personal senil y claudicante” generará un seísmo político, pues enjuiciaba sin miramientos la composición y mediocridad del gobierno formado por Leguía. Un gobierno lleno de vieja política criolla. La propuesta de Leguía no era otra que rehabilitar viejos politicastros fracasados vistiéndolos de novedad política:
Se amalgaman allí los nombres de fatales horas pretéritas. Hombres que no pudieron mantenerse a flote en los vaivenes de la política de acomodos, transacciones y vergüenzas que ha llenado las tres últimas décadas de nuestra historia republicana (Mariátegui, 1989, p. 117).
Como señala Portocarrero (1994), el texto no llegará a imprimirse en la prensa Arzobispal como sucedía habitualmente: debido a la censura, tendrá que ser impreso en volante para después repartirse por la capital peruana. El resultado de esta singular hazaña periodística situará a Mariátegui y a César Falcón ante una encrucijada. Ambos debían decidir: o bien dar con sus huesos en las cárceles de Leguía o bien exiliarse a Europa como “propagandistas” del gobierno del dictador 5. Decidieron lo segundo, lo cual les permitirá ensanchar sus horizontes y enriquecer su experiencia –Europa era la cuna de la cultura para cualquier intelectual de la época–. Si bien por aquellas fechas se tenía a Mariátegui, sobre todo, como un periodista cultivado y comprometido, en realidad quien partió hacia Europa era un hombre que buscaba profundizar en “la nueva fe” que había descubierto: el socialismo.
Europa y la formación del Mariátegui
Si continuamos la lectura de la carta que el Amauta envió a su amigo Glusberg en 1928, podremos ver las huellas indelebles que dejaron en su pensamiento los años de éxodo por tierras europeas, vitales en cuanto a su formación cultural y política:
“De fines de 1919 a mediados de 1923 viajé por Europa. Residí más de dos en Italia, donde desposé una mujer y algunas ideas. Anduve por Francia, Alemania, Austria y otros países. Mi mujer y un hijo me impidieron llegar a Rusia. Desde Europa me concerté con algunos peruanos para la acción socialista. Mis artículos de esa época señalan las estaciones de mi orientación socialista. A mi vuelta al Perú, en 1923, en reportajes, en conferencias de la Federación de Estudiantes y la Universidad Popular, artículos, expliqué la situación europea e inicié mi trabajo de investigación de la realidad nacional, conforme al método marxista”.
Mariátegui abandonó Perú junto a César Falcón para dirigirse a Europa el 8 de octubre de 1919. El viaje por Francia, Alemania y especialmente Italia –donde pasó dos años y siete meses–, enriqueció profundamente la visión intelectual y política del Amauta. Como ya hemos señalado, el periodista peruano partía de Lima con convicciones socialistas: había apoyado los movimientos estudiantiles y a los obreros en sus demandas como miembro de La Razón. Pero la cultura europea, los movimientos de vanguardia, la crisis posbélica, la irrupción de la revolución comunista y la reacción fascista transformarán su forma de mirar el mundo. Como señala en la carta enviada a su amigo, en su viaje por Europa el Amauta desposará “una mujer y algunas ideas”. La mujer es Anna Chiappe (1898-1990), su esposa y una de las más importantes impulsoras de su legado literario; las ideas, cómo no, son las del marxismo. La relación íntima con Chiappe fue esencial en el aprendizaje marxista de Mariátegui, pues el vínculo familiar de esta con el filósofo Benedetto Croce (1856-1952) fue la llave que le abrió las puertas de un ambiente intelectual floreciente. Un espacio cultural en el que las ideas de Marx eran vivamente discutidas. Pero durante el período italiano no será solo Croce quien influya en Mariátegui; por mediación de este también lo hará el pensamiento de Antonio Labriola (1843-1904) y su visión del marxismo, así como Georges Sorel (1847-1922) y su concepción revolucionaria del mito. Próximas a la influencia crociana, otras figuras de enorme calado, tales como las de Antonio Gramsci (1891-1937) o Piero Gobetti (1901-1926) dejarán una huella indeleble en el Amauta. Conviene esbozar una mirada general sobre el peso que tienen estos autores en la conformación de los puntos de partida teóricos de Mariátegui dentro del marxismo.
La visión que tenía Croce del marxismo, muy influida por su maestro Labriola –algo nítido en Materialismo histórico y filosofía marxista (1900) 6– fue sin duda un elemento central en la recepción mariateguiana de la teoría marxista. La visión antidogmática de Labriola, su anti-economicismo y sus críticas al positivismo y al evolucionismo de la época impregnan tanto el pensamiento de Croce como el del propio Mariátegui. Para Labriola las obras de Marx y Engels no eran ningún “catecismo” a seguir, sino una empresa crítica, abierta a la investigación, cuya continuación, aplicación y corrección debía ser igualmente crítica. El anti-escolasticismo de Labriola le llevó a romper con las divisiones disciplinares académicas, postulando que el materialismo histórico es una especie de “ciencia social común” capaz de unificar los procesos históricos que tienen lugar en la sociedad. Sin duda, la economía era importante en la tarea de reconstrucción de estos procesos, pero había que reconstruir muchos otros elementos y mediaciones que no eran reductibles al hecho económico ni a ningún esquematismo prefabricado.
El marxismo aparecía para Labriola como una filosofía independiente que revalorizaba la acción, la moral y la voluntad –una filosofía de la praxis–, como una crítica de la economía política y, a su vez, como la apuesta por la emancipación de la clase trabajadora. Croce asumirá la visión epistemológica de su maestro desde su “historicismo absoluto”, si bien no tanto su mirada política, la cual no considerará bien fundada en la “teoría” marxista. Para Croce el marxismo no es una “filosofía de la historia” ni tampoco un “método” de análisis histórico en sí mismo, “sino simplemente un canon de interpretación histórica” (Croce, 1942, p. 107) que apelaba al substrato económico de la sociedad. Es obvio que para el Amauta el marxismo no será un simple canon, pero tanto la visión croceana como la de Labriola permiten abonar una acepción del materialismo histórico abierta: ajena al dogmatismo, al evolucionismo y a cualquier fatalismo. En ella la voluntad, la acción y la investigación histórico-crítica adquieren máxima relevancia.
Por otro lado, la influencia de Georges Sorel –más allá de sus ambivalencias ideológicas– será esencial en el desarrollo intelectual de Mariátegui y en la transformación de su mirada política. Discípulo intelectual del filósofo francés Henri Bergson (1859-1941), Sorel aplicará la teoría de la conciencia bergsoniana y su vitalismo a la realidad política y social. El filósofo francés reinterpreta la conciencia profunda de Bergson, a la cual se accede a través de la intuición, como una dimensión depositaria no sólo de elementos religiosos y místicos, sino también de mitos revolucionarios. A través de un análisis de la conciencia profunda del proletariado, Sorel afirmará que el mito que se encuentra en esa dimensión casi instintiva no es otro que el de la huelga general –hito fundamental en la historia del proletariado y su conquista de derechos–. En sus Reflexiones sobre la violencia, el teórico francés insistirá en que este mito se cifra, sobre todo, en imágenes que agitarían de manera afectiva los impulsos irracionales del proletariado, embriagándolo en una suerte de entusiasmo colectivo que incita a la acción y se contagia. Como veremos más adelante, Mariátegui adaptará creativamente la teoría soreliana del mito desde dos perspectivas. Por un lado, la utilizará como una herramienta de análisis histórico y social 7, por otra le servirá para indagar, como hará en sus 7 ensayos, en las bases culturales y económicas del incario y en la esperanza del levantamiento indígena como mito revolucionario asociado a la idea del socialismo.
Más allá de los autores mentados hasta ahora, tanto Gramsci como Piero Gobetti fueron también muy influyentes en su obra y formación. En el caso de Gramsci, y pese a los paralelismos que pueda haber entre las reflexiones de ambos pensadores –pensemos en su antieconomicismo y en las resonancias que plantea La cuestión meridional (1926) sobre la obra del intelectual peruano–, Mariátegui fue influenciado más por la práctica editorial y periodística de L’Ordine Nuovo que por el pensamiento del autor de los Quaderni. El pensador peruano visitó la sede del medio dirigido por Gramsci entre 1920-1921, durante su estancia en Turín. Como periodista profesional, Mariátegui pudo asistir al final del Biennio Rosso (1919-1920), a las huelgas y la institución de sus consejos de fábrica. El medio de Gramsci, Palmiro Togliatti, Angelo Tasca y Umberto Terracini se convirtió en el brazo intelectual de los consejos –considerados el germen de un futuro Estado obrero–. Sabemos por su corresponsalía con el diario limeño El Tiempo –lo que más adelante se conocerán como sus Cartas de Italia– que Mariátegui siguió las polémicas del socialismo italiano mientras se formaba en el marxismo. Asistió al Congreso de Livorno (1921) y a la Conferencia Económica Internacional (1922), viviendo en primera persona la ruptura entre el moderado Partido Socialista Italiano y la facción revolucionaria a la que pertenecía Gramsci. Todo ello provocó la fundación del Partido Comunista de Italia y su adhesión a la III Internacional –Mariátegui dará cuenta de ello en el artículo “El cisma del socialismo” (marzo de 1921) para el diario El Tiempo–. Lo cierto es que, como señala Fernanda Beigel, lo que más pudo influir en Mariátegui de este contexto fue la praxis editorialista de la primera fase de L’Ordine Nuovo. El Amauta vio en el ordinovismo la semilla de un proyecto político, una forma de “editorialismo programático”, por decirlo con Beigel, que “acompañó e influyó en un proceso de lucha de masas de gran escala y fue sobredeterminado, en gran medida, por este movimiento social” (Beigel, 2005, p. 42). Un modelo de revista semanal que apostaba por una difusión cultural sólida, por traducciones, reseñas y empresas pedagógicas, lo cual influirá sin duda en el desarrollo de los futuros emprendimientos periodísticos del Amauta. La clave de esta influencia estará en una comprensión del periodismo como eje para organizar la política, ofrecer análisis, herramientas pedagógicas y, al mismo tiempo, establecer un diálogo estrecho con el movimiento de masas real –Amauta y Labor, futuras publicaciones de Mariátegui, se inspirarán en esta forma de operar–.
En cuanto a la figura de Piero Gobetti, intelectual antifascista y “crociano de izquierda”, su liberalismo de cuño social, próximo al mundo del trabajo y sus luchas, permitirá al pensador peruano acercarse a una mirada muy consciente de los límites de la monarquía parlamentaria italiana y del Estado surgidos del Risorgimento. El Amauta no podía sino admirar vivamente el vigor editorial, periodístico y cultural de Gobetti en publicaciones como Energie Nove, La Rivoluzione Liberale e Il Baretti. Además, su participación junto a Gramsci en L’Ordine Nuovo hacía de él un liberal heterodoxo que veía a la clase trabajadora como sujeto de una revolución social cuyo fin era democratizar el Estado. Mariátegui dedicará al intelectual italiano tres importantes artículos en 1929, citándolo además en sus emblemáticos 7 ensayos. Lo que este destacará de su obra será su mirada crítica sobre el Risorgimento italiano. Lejos de la épica establecida y del ideal de modernidad que se le había atribuido, Gobetti entenderá que la unificación italiana era una tarea incompleta desde una perspectiva social y política. Las diferencias entre el norte industrial y el sur rural, diferencias que se traducían en términos institucionales, de clase y en relaciones de explotación y dependencia del sur, agrietaban y dividían Italia. La política italiana, por otra parte, había sido incapaz de desarrollar una revolución liberal que dotara de una unidad social real al pueblo, lo que a la postre, y tras fracasar el Biennio Rosso, permitirá al fascismo organizar su revancha pequeño-burguesa, terrateniente y militar. La visión gobettiana de un país dual, atravesado por fuertes desigualdades y diferentes formas de consciencia social coexistentes, inspirará sin duda a Mariátegui en su estudio del Perú.
Más allá de los autores citados y de los clásicos del marxismo, filósofos como Oswald Spengler, Miguel de Unamuno, Friedrich Nietzsche y Adriano Tilgher también estarán entre las influencias de Mariátegui. Por no hablar de la importancia de la obra de Sigmund Freud y de la de escritores como Henri Barbusse en su formación crítica. Al igual que L’Ordine Nuovo, la revista Clarté, dirigida por Barbusse, dejará una impronta sólida en Mariátegui y en su estilo editorial –si bien la experiencia italiana y su contenido forma a Mariátegui, podemos decir, siguiendo a Robert Paris, que las formas de su editorialismo beberán de la prestigiada Clarté–. Todas estas influencias se decantarán en la primera gran obra de Mariátegui, La escena contemporánea (1925), escrita dos años más tarde del regreso del pensador y periodista al Perú. Influjos que, como los cristales de un caleidoscopio, serán superados por la magnitud y el colorido de su forma final en manos del Amauta.
El regreso al Perú y La escena contemporánea
En 1922, antes de regresar al Perú, Mariátegui se reunió con su amigo Falcón, con Carlos Roe y el cónsul peruano en Italia, Palmiro Machiavello. Juntos formaron la primera célula comunista peruana en el extranjero, anticipando planes para el desarrollo del socialismo peruano –también estrategias editoriales–. El 17 de marzo de 1923 Mariátegui llegó a Lima desde el puerto de Amberes, trayendo consigo un enorme caudal de conocimiento tras su viaje por Europa: no solo sus aprendizajes teóricos, la exploración del marxismo y otras corrientes filosóficas y culturales, sino el testimonio vivo y la experiencia de haber asistido a algunos de los eventos históricos más importantes del momento en clave política y social. Ello no le pasó desapercibido a Víctor Raúl Haya de la Torre, futuro fundador del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), que lo invitó a impartir un ciclo de conferencias en la Universidad Popular González Prada. Además de una conocida figura de oposición al gobierno de Leguía, Haya de la Torre se había desempeñado como presidente de la Federación de Estudiantes del Perú, y fue por la mediación de un viejo colaborador de Mariátegui (Fausto Posadas) que este supo de su llegada y de su perfil intelectual. A comienzos de verano inició sus conferencias bajo el título “Historia de la vida mundial”, lo que ofrecía una perspectiva del alcance global que había adquirido la mirada política de Mariátegui tras su regreso. 1923 fue un año intenso en el campo de la batalla cultural y en la organización editorial y política para el Amauta: no sólo inició su vínculo periodístico con la revista Variedades, sino que se ocupó de dirigir Claridad, la revista fundada por Haya de la Torre, inspirada en el ideario pacifista y humanista de la Clarté de Henri Barbusse. Mariátegui se hizo cargo de su dirección entre 1923 y 1924, a partir del quinto número, cuando su fundador partió al exilio. En manos de Mariátegui la publicación funcionó como herramienta de difusión de ideas socialistas y antiimperialistas, acercándose a la realidad obrera.
Mariátegui se llegó a plantear un nuevo medio con su amigo Félix del Valle, el cual llevaba como nombre Vanguardia, pero este nunca llegó a ver la luz. 1924 fue un año difícil: el pensador y periodista peruano casi pierde la vida debido a un tumor en su pierna derecha, que debió serle amputada para poder salvar la vida y recuperarse. Sin embargo, ello no aplacó su espíritu editorial y combativo, y pronto comenzó su colaboración con la revista Mundial. Podemos decir que el proyecto de Amauta planeaba en la mente de Mariátegui ya desde el intento fallido para constituir Vanguardia, pero antes de acometer aquella empresa, fundó junto a su hermano Julio César Mariátegui la Editorial Minerva en 1925. Esta editora, de enorme vigor cultural, llegó a publicar 46 obras entre 1925 y 1930; su enfoque era “dotar a la cultura peruana de una verdadera y orgánica casa de ediciones científicas, literarias y artísticas, que acerque a los autores al público, que contribuya al intercambio intelectual hispano-americano y que difunda el libro peruano en el Perú y en el Continente” (Vich y Mariátegui, 2023, p. 65). Minerva produjo un salto cualitativo tanto cultural como tecnológico en la producción literaria en el Perú. Además, Minerva fue la editorial en la que vio la luz la primera gran obra de Mariátegui en formato de libro, La escena contemporánea: una ventana privilegiada a la coyuntura histórica, sus personajes principales y las fuerzas sociales que se enfrentaban en el tablero geopolítico de entreguerras.
La escena contemporánea se deja leer bien a través de la metáfora cinematográfica. De hecho, podríamos decir que esta primera obra del Amauta se caracteriza por poner en juego una suerte de montaje que organiza, en un flujo dialéctico y casi fílmico, las escenas políticas, sociales, económicas y culturales más relevantes del momento –todas ellas elaboradas en el formato de crónicas 8–. Así, Mariátegui nos dice en el célebre prólogo de su obra: “el mejor método para explicar y traducir nuestro tiempo es, tal vez, un método un poco periodístico y un poco cinematográfico” (Mariátegui, 1988, p.11). Todo ello en conciencia de que:
no es posible aprehender en una teoría el entero panorama del mundo contemporáneo. Que no es posible, sobre todo, fijar en una teoría su movimiento. Tenemos que explorarlo y conocerlo, episodio por episodio, faceta por faceta. Nuestro juicio y nuestra imaginación se sentirán siempre en retardo respecto de la totalidad del fenómeno (Mariátegui, 1988: 119).
Este método “un poco periodístico y un poco cinematográfico”, que no deja de resonar con Walter Benjamin, vincula diversos fragmentos del presente, les impone una articulación específica y, a través de ellos, nos permite conocer las fuerzas más relevantes del período –el fascismo, el liberalismo, la revolución rusa–, así como su conflictividad. Como señala Chrystian Zegarra, estaríamos ante un “procedimiento de montaje textual de raigambre fílmica” (2021). Procedimiento que nos permite intuir la totalidad de la coyuntura a partir de sus diferentes escenas o episodios, los cuales funcionan como unidades básicas de una narrativa o secuencia. En este sentido, Mariátegui usa sus crónicas como escenas, las cuales, al “montarse” consecutivamente unas con otras, terminan por construir diferentes secuencias narrativas. Dichas secuencias particulares se condensarán en cada uno capítulos que componen la obra: “Biología del fascismo”, “La crisis de la democracia”, “Hechos e ideas de la Revolución rusa”, “La crisis del socialismo”, “La revolución y la inteligencia”, “El mensaje de oriente” y “Semitismo y antisemitismo”. Así, por ejemplo, Mariátegui selecciona y monta las escenas de Mussolini y D’Anunnzio consecutivamente para desembocar, tras una descripción crítica de la “teoría fascista” y sus causas, en los frentes de combate donde se esclarecen las tendencias más actuales del movimiento reaccionario. De este modo, su “Biología del fascismo” quedaría registrada como una suerte de secuencia en movimiento. Sucede lo mismo con la escena-Trotsky o la escena-Lunacharsky, que componen parte del capítulo-secuencia “Hechos e ideas de la Revolución rusa”. Estas escenas y secuencias formarán parte de un montaje que las integrará y dará sentido en el marco de una “escena contemporánea” totalizadora.
Resulta difícil sintetizar brevemente la riqueza que la mirada mariateguiana despliega a lo largo de la obra, repleta de contrapuntos y tensiones que esbozan una cartografía global del presente y de sus tendencias. Mariátegui lee la fase posbélica en Europa como una época de crisis en todos los órdenes sociales, una crisis civilizatoria. Al sucumbir el viejo orden previo a la Primera Guerra Mundial, el estado de Europa y el de la antigua política dominante es el de la desorientación. Los viejos liberales y demócratas –Mariátegui analiza, por ejemplo, las figuras de Woodrow Wilson, George Lloyd, Francesco Nitti o John Maynard Keynes–, parecen tratar de revivir el espíritu de una vieja Belle Époque que ya no existe, mostrándose incapaces de dar cuenta del presente. Lo que se ha quebrado es la concepción del mundo positivista, racionalista, historicista y evolucionista que orientaba el mundo antes de la guerra, ese mundo que pensaba que su senda no podía ser más que la del progreso. Pero en una época que Mariátegui define como neoromántica, lo que renace es el mito y la acción, el heroísmo de fuerzas históricas que desbordan tanto el oficio de burócrata de la socialdemocracia alemana, como la tibieza democrática de un liberalismo nostálgico de épocas mejores. Por ello, tanto la Revolución rusa como el Fascismo se tornan en protagonistas del momento, la reactivación de una dimensión mítica y su impulso a la acción (recordemos a Sorel) esbozan un nuevo horizonte de sentido colectivo –utópico y político–. Mientras occidente se encuentra sumido en su propia decadencia, son la Revolución y la Contrarrevolución quienes marcan el paso y anticipan el futuro –un futuro de lucha y antagonismo, sin duda–. En este sentido, merece explorar la tensión de los epígrafes “Mussolini y el fascismo” frente al de “Trotsky” como portadores de dos narrativas totalmente opuestas.
Más allá de estas observaciones generales, la profundidad del análisis de Mariátegui lo conducirá a explorar la atmósfera cultural, estética y afectiva de la coyuntura, trazando una suerte de psicoanálisis del alma cultural del período: Henri Barbousse, Anatole France, Máximo Gorki o Georg Grosz –un “Goya explosivo”, al decir del Amauta– serán analizados por su pluma. Así, por ejemplo, detectará en Grosz un verdadero crítico de la ideología, cuya obra denuncia la sórdida decadencia de las clases dominantes. Como un Freud de la pintura, plasmará la decrepitud espiritual de las clases dominantes, una élite “adiposa y ventruda”. Pero la mirada de Mariátegui va más allá de Europa y se torna a global cuando analiza el impacto de la Revolución rusa en el continente asiático, en el que se anudan las luchas por el socialismo con las luchas por la descolonización. Un ejemplo de ello será el Congreso de Bakú (1920). Para Mariátegui la revolución social necesitaba la abolición del colonialismo, la insurrección activa de los pueblos colonizados. Todo ello planteaba una visión de la revolución y del socialismo que trascendía con mucho los estrechos límites de buena parte del marxismo europeo. Finalmente, los análisis sobre “semitismo y antisemitismo” merecen una relectura actual, ya que distinguen muy bien entre el pueblo judío y la ideología sionista, mostrando la asociación de esta última con el colonialismo y el imperialismo británico. Todo ello anticipa el conflicto con el pueblo palestino (hoy todo un genocidio) que, como vio Mariátegui, se vería obligado a defender el derecho a su territorio y su independencia.
Los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana
La Editorial Minerva fue la “base de operaciones” de Mariátegui para lanzar sus proyectos literarios y revistas más importantes. Como vimos, La escena contemporánea salió como novedad en Minerva, formando parte de la colección “Biblioteca Moderna”. Allí se publicará a nombres cruciales de la realidad nacional, como José María Eguren, Luis Alberto Sánchez, Luis E. Valcárcel o Abraham Valdelomar, por no hablar de figuras internacionales como Waldo Frank o Máximo Gorki. Minerva fue, a su vez, la plataforma que permitió a Mariátegui lanzar la revista Amauta, su proyecto más ambicioso: con una tirada que llegó a alcanzar los 4000 ejemplares por número, Mariátegui construyó una red de contactos profunda y extensa, que abarcaba de Lima a Puno, pasando por Arequipa, Cuzco, Tacna, Chiclayo o Piura. El intelectual, periodista y ahora editor se aseguró una difusión tremendamente amplia de sus ideas, de la vanguardia estética, cultural y el socialismo. Una difusión hasta entonces inédita en el Perú. Por allí desfilaron Sigmund Freud, Miguel de Unamuno, André Breton, León Tolstói o Jorge Luis Borges –por citar unos pocos–. Por decirlo escuetamente, la revista introdujo las tendencias literarias, filosóficas y estéticas más actuales del panorama internacional. Ello da una idea general de la labor cultural desarrollada por la revista Amauta.
Por otro lado, y en el plano político, Mariátegui decidió participar en el frente único del APRA de Haya de la Torre desde Lima. Sin embargo, esta alianza no duró mucho tiempo, pues pronto se reveló que las concepciones políticas de ambos dirigentes eran muy diferentes. Tras el año 1927, año de represión en el que Augusto B. Leguía arremeterá contra las organizaciones obreras y los intelectuales socialistas –Mariátegui será retenido varios días en el Hospital Militar San Bartolomé–, llegará la ruptura con el aprismo. Sin poder entrar a fondo en las razones de la ruptura, que requerirían más espacio, lo cierto es que los proyectos que ambos dirigentes tenían para el Perú eran divergentes: Haya de la Torre daba una importancia central a las clases medias en el proceso de ascenso al poder, pues su misión era constituirse en una burguesía nacional antiimperialista, mientras subordinaba en un frente interclasista a indígenas y obreros –entendía que la clase obrera no tenía fuerza para organizarse por sí misma–. Las diferencias se agrandaron cuando en 1928 Haya de la Torre convirtió al APRA en partido, dotándolo además de una estructura vertical y caudillista, algo que Mariátegui no podía tolerar. Para el Amauta pensar que la burguesía criolla y las clases medias podían ser las autoras de una revolución nacional se le revelaba como absurdo. Estas siempre habían estado cómodas en la República Aristocrática, bien conectadas con el imperialismo, de modo que, desde una perspectiva de clase, ni la soberanía nacional ni la constitución de un Perú socialista o igualitario estarían jamás en su agenda. Construir el socialismo latinoamericano precisaba de otras estrategias, y la fundamental era pensar en el Perú indígena como una fuerza que podía llevar a cabo una tarea de construcción nacional orientada hacia la revolución socialista.
La gran obra de Mariátegui, los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), es fruto de todo un trabajo de investigación y análisis del Perú, de su estructura económica, social y cultural. Trabajo acometido desde que el Amauta regresa de Europa: fue entonces cuando comenzó a aplicar el “método marxista” a la realidad de su país. Una realidad compleja y abigarrada. Desde el punto de vista del marxismo latinoamericano, es obvio que los Siete ensayos no solo son el documento de su fundación como tradición, sino también una de sus obras cumbre. Pero ¿qué desarrolla Mariátegui en estos ensayos? Estos escritos, que desde su nietzscheana introducción el autor entiende como inacabados, están atravesados por una “declarada y enérgica ambición: la de concurrir a la creación del socialismo peruano” (Mariátegui, 2021, p. 32). Lo cierto es que la empresa que el Amauta acomete es monumental: establece un análisis tremendamente completo de la formación social peruana con perspectiva histórica, incidiendo en una serie de problemas a los que el marxismo europeo jamás se había enfrentado. En ese movimiento que va de lo abstracto a lo concreto, por decirlo con Marx, Mariátegui enriquece y transforma los conceptos marxianos con nuevas experiencias, aplicándolos de un modo creativo y original. Los capítulos o, mejor, ensayos que componen el texto muestran el alcance de la totalización de la obra: “Esquema de la evolución económica”, “El problema del indio”, “El problema de la tierra”, “El proceso de la instrucción pública”, “El Factor religioso”, “Regionalismo y centralismo” y “El proceso de la literatura”.
El análisis económico de Mariátegui es muy claro: la historia del Perú se escinde en dos partes, la que pertenece al Incario, a la época precolonial, y aquella que se desarrolla a partir de la invasión y conquista española. La economía colectivista incaica había desarrollado un bienestar material y comunal en prácticamente todo el territorio del Tahuantinsuyo, “El trabajo colectivo, el esfuerzo común, se empleaban fructuosamente con fines sociales” (Mariátegui, 2021, p. 35) –pensemos en la creación de puentes, caminos e infraestructuras colectivas–. El imperio español no fue capaz de reemplazar esta “formidable máquina de producción” de los incas, de modo que el saqueo, las disputas por la extracción de recursos y por la servidumbre de la fuerza de trabajo reemplazaron una economía estable por minería y latifundismo agrícola al precio del exterminio del indio. Sobre las ruinas de un comunismo agrario los españoles implantaron una economía feudal y colonial. Mariátegui recorre las etapas de la evolución de la economía de los colonizadores hasta la independencia y la fundación de la República, que aparece dominada por el mismo proceso económico que el Virreinato colonial –su estructura feudalizante condiciona el desarrollo de la propia República–. La época “del guano y el salitre” (1845-1879), basada en la explotación de estos recursos fertilizantes, generará una capa capitalista y burguesa costeña –las bases del “civilismo”– que va a instaurar una dualización del territorio, división que llega hasta el presente: el antagonismo entre la costa y el interior, la sierra. El Amauta analiza la economía de la época, la dependencia económica británica y los nuevos lazos de dependencia de la burguesía y el gamonal respecto del capital extranjero. Concluirá que el latifundismo de cuño aristocrático, el gamonal, hace inviable cualquier tipo de desarrollo real y de bienestar para el pueblo y la clase trabajadora peruana.
Cuando aborda “el problema del indio”, el enfoque de Mariátegui es netamente marxista y materialista: esta cuestión está fundada en las raíces económicas del propio país, “la cuestión indígena arranca en nuestra economía. Tiene sus raíces en el régimen de propiedad de la tierra” (Mariátegui, 2021, p. 66). El problema central es el gamonalismo, un sistema de explotación y de poder terrateniente que parasita el campo, monopolizando la tierra y ejerciendo un poder social y político intermediario con el Estado. Ni se trataba de un problema “administrativo”, ni “étnico” –“el concepto de razas inferiores sirvió al occidente blanco para su obra de expansión y conquista” (66)–. Tampoco era un “problema moral” que pudiera resolverse de manera “humanitaria” o con “pedagogía”, como pensaban quienes lo cifraban en un problema “educativo”. El problema derivaba del gamonalismo y de su acaparamiento de tierras, de su explotación brutal del indio, del trabajo gratuito que le obligaba a realizar, de la miseria que le obligaba a tragar y de todos los cómplices de ese sistema de violencia –jueces, comisarios, prefectos, maestros, recaudadores, etc.–. Mariátegui reivindica el derecho a la tierra del indio y explora la economía comunal y moral del ayllu, encontrando cómo esta sobrevive en los pueblos originarios del Perú, dotándolos de formas de organización, creencias y dinámicas de reciprocidad en materia económica y social. Estas formas comunales y las relaciones de solidaridad colectivas que las acompañan se presentan como vías para encontrar una solución socialista al problema de la tierra. El socialismo debe arraigar en estas tradiciones y vínculos, en los mitos que mueven al pueblo indígena y en su memoria, para poder desplegarse como proyecto de futuro.
Mariátegui puede ser llamado, como ha apuntado Michael Löwy, un marxista romántico. Pero no en un sentido pasadista, pues no se trata de retrotraer la sociedad a las viejas costumbres y a la autocracia del Tahuantinsuyo. Se trata de orientar la praxis cooperativa y comunal que vive en el pueblo andino –y que no es no es compatible con el capitalismo– hacia un proyecto socialista, incorporando todo el conocimiento y los avances técnicos de la civilización occidental desde otro prisma. Como afirmaba en su prólogo a Tempestad en los Andes de Luis Valcárcel, y como repite en sus ensayos:
“La fe en el resurgimiento indígena no proviene de un proceso de ‘occidentalización’ material de la tierra quechua. No es la civilización, no es el alfabeto del blanco, lo que levanta el alma del indio. Es el mito, es la idea de la revolución socialista. La esperanza indígena es absolutamente revolucionaria” (Mariátegui, 2021: 61).
La reivindicación indigenista de Mariátegui no es abstracta, no es meramente cultural o moral, sino material y política en un sentido revolucionario. Para Mariátegui no era posible ser nacionalista y revolucionario sin ser, al mismo tiempo, un socialista. Ciertamente, la visión de Mariátegui acerca del ayllu 9 y los elementos comunales incaicos no dejan de resonar al intercambio de cartas de Marx con Vera Zasúlich (1881) sobre la comuna rusa. Allí Marx se mostraba convencido de que la comuna rusa podía ser la clave para la regeneración de Rusia en su camino hacia el comunismo. Algo parecido, aunque en otro contexto, desarrolla Mariátegui, solo que transformando la clásica mirada eurocéntrica sobre los pueblos colonizados: el Amauta restablece su dignidad, vigor y poder. Y, de hecho, sienta las bases para una descolonización del conocimiento y de la sociedad gracias a su mirada. Los demás ensayos de la obra completan el análisis de la formación social peruana, desarrollando estudios que van desde la evolución del fenómeno religioso al proceso de evolución de la literatura nacional –de Ricardo Palma a César Vallejo y el indigenismo, por ejemplo–.
Poco antes de la publicación de sus Siete ensayos, Mariátegui fundará el Partido Socialista Peruano (1928), orientado justamente por la tesis políticas, sociales y económicas que vertebran su gran obra. Asimismo, lanzará la revista Labor, quincenario de información e ideas como un medio centrado en las luchas y en la educación de las y los trabajadores, tejiendo así una red de afinidad para el partido –en él participarán diversos líderes obreros, como Julio Portocarrero o Avelino Navarro–. La sección El Ayllu quiso ser una referencia para el mundo rural y un motor de agitación y organización campesina e indígena. Por desgracia, debido a dificultades económicas, dejó de publicarse en 1929, cuando ya había alcanzado cierta notoriedad más allá de Lima. Si bien las convicciones marxistas y socialistas de Mariátegui no sólo eran firmes, sino que estaban fundamentadas en la realidad peruana –que debía aunar a las y los obreros con el pueblo indígena–, sus tesis provocaron un choque con la Komintern. En su ruptura con el APRA y su aproximación a la Tercera Internacional a través del Partido Socialista Peruano, Mariátegui se jugaba la conexión de la izquierda revolucionaria peruana con el mundo surgido de la Revolución rusa. Como bien relata Alberto Flores Galindo en su gran obra sobre el Amauta, La agonía de Mariátegui (1980), los esquematismos con los que la Komintern caracterizaba la realidad latinoamericana (caracterización de “países semicoloniales”, sociedades estáticas y cerrazón ante la cuestión nacional a través de un marxismo doctrinal), acabaron tildando a Mariátegui de “populista”. Para Mariátegui las “condiciones nacionales” (por ejemplo, el escaso desarrollo proletario, la importancia del artesanado y la abrumadora mayoría indígena) eran fundamentales para pensar la praxis y la estrategia socialista en el Perú y en toda Latinoamérica. Pero la Komintern tenía una visión demasiado osificada del esquema clásico y dual del conflicto entre la burguesía y el proletariado.
La III Internacional terminó por rechazar en 1929 las tesis del Amauta tras los congresos de Buenos Aires y Montevideo, adoptando un esquema mucho más clásico y mucho menos realista acerca de las sociedades de América Latina. La temprana muerte de Mariátegui en 1930, debido a su prolongada enfermedad, frustró la continuidad del Partido Socialista Peruano tal y como había sido concebido. Tras la muerte de Mariátegui, Eudocio Ravines, nombrado Secretario General del partido y fiel a la línea ortodoxa de la Internacional, cambió su nombre por el de Partido Comunista del Perú, entrando así en la órbita soviética y adoptando el leninismo como bandera.
La vida de José Carlos Mariátegui no fue fácil. Pero, en cierto sentido, no dejó de ser plena a pesar de su temprana muerte: autodidacta, periodista, editor, literato, pensador marxista, indigenista, organizador político y revolucionario. Impulsó la fundación del Partido Socialista Peruano y de la Confederación General de Trabajadores del Perú. Creó la revista más importante del Perú en su época, Amauta. Mariátegui fue tanto un intelectual de enorme profundidad como un hombre de acción –ya estuviera de pie o postrado en una silla de ruedas–. Como hemos podido ver a lo largo de este artículo, su marxismo romántico e indigenista demostró una creatividad inmensa. Si bien dijo una vez que había hecho su mejor aprendizaje en Europa (llegó a tildársele de “europeizante”), transformó sus aprendizajes de manera casi alquímica cuando regresó a su tierra nativa: lo que había recogido de Marx, Labriola, Sorel, Croce, Gramsci o Gobetti mudó de naturaleza al contacto con la realidad peruana y sus tradiciones. Una realidad que ya lo había marcado, como es lógico, antes de su exilio. Se ha defendido un Mariátegui nacional-popular, un Mariátegui indigenista y ahora, también, un Mariátegui “socialista cosmopolita” –así lo ha hecho Martín Bergel (2021)–. Lo cierto es que Mariátegui habitó la tensión entre cierto “cosmopolitismo”, legado de su éxodo europeo, y su apuesta marxista “indigenista”, dos polaridades que forjarán su propia e irrepetible singularidad. Lo que podemos concluir con claridad es que, además de ser el fundador del marxismo latinoamericano, desafíó cualquier clave eurocéntrica de interpretación de la sociedad, ya proviniese del marxismo occidental o del marxismo soviético. Se reapropió de las herramientas y conceptos legados por Marx y los modificó a través de otra realidad, de otro mundo –algo similar harán más tarde Amílcar Cabral o Frantz Fanon–. Volver a Mariátegui hoy es confrontarnos con las posibilidades del mito y lo abigarrado de la sociedad actual, toda una invitación a pensar una estrategia política que beba de sus bases y de su memoria más emancipadora. Lo que está claro es que el Amauta abrió un nuevo camino. Un camino revolucionario y socialista que sigue latiendo en los anhelos de los condenados de la tierra.
Mario Espinoza Pino es Doctor en filosofía y forma parte
del Consejo Asesor de viento sur.
Publicado originalmente en Viento Sur.
Referencias
Alfaro Rubbo, Deni (2025) José Carlos Mariátegui. Marxism and Critique of Eurocentrism, Nueva York, Routledge.
Aricó, José (1980) Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, México: Ediciones Pasado y Presente.
Beatriz Guardia, Sara (2016) José Carlos Mariátegui. Una visión de género, Edición de la autora, Lima.
Beigel, Fernanda (2005) “Una mirada sobre otra: el Gramsci que conoció Mariátegui”, Estudios de Sociologia/Araquara, pp. 23-49.
Croce, Benedetto (1942) Materialismo histórico y economía marxista, Buenos Aires, Ediciones Imán.
Flores Galindo, Alberto (1980) La agonía de Mariátegui. La polémica con la Komintern, Lima, DESCO.
Löwy, Michael (1987) “El marxismo romántico de Mariátegui”, Márgenes. Encuentro y Debate, pp. 13-22.
Mariátegui, José Carlos (2021) Antología. José Carlos Mariátegui, Argentina: Siglo XXI.
(2021) 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, Lima, Revuelta Editores.
(1988) La escena contemporánea, Lima, Editora Amauta.
(1987) El alma matinal y otras estaciones del hombre de hoy, Lima, Editora Amauta.
(2022). Escritos Juveniles. La Edad de Piedra. Tomo III. Entrevistas, Crónicas y otros textos, Archivo José Carlos Mariátegui, Lima.
Nodari, Gianandrea (2018) “Mariátegui antes de Mariátegui. El viaje a Italia y el fin de la “edad de la piedra”, 1919-1923”, Izquierdas, pp. 147-181.
Portocarrero, Ricardo (1994) “Aproximación para el estudio del joven Mariátegui: los escritos juveniles”, Márgenes. Encuentro y Debate, pp. 175-203.
Sorel, Georges (2016) Reflexiones sobre la violencia, Madrid, Alianza Editorial.
Vanden, Harry (1986) National Marxism in Latin America. José Carlos Mariátegui’s Thought and Politics, Colorado, Lynne Rienner Publishers.
Vich, Víctor y Mariátegui E., José Carlos (2023) “José Carlos Mariátegui: entre las políticas culturales y la gestión cultural”, Letras, pp. 61-77.
Zegarra, Chrystian (2021) “José Carlos Mariátegui y el cine: entre hollywood y un charlot al desnudo”, Cuadernos literarios, pp. 9-29.
- 1La frase forma parte del artículo “La libertad de enseñanza”, publicado en Mundial, el 22 de mayo de 1925 ↩︎
- 2La carta original dirigida a Samuel Glusberg puede consultarse digitalizada en la página web del Archivo Mariátegui. ↩︎
- 3Cabe recordar el affaire Rouskaya, que tuvo lugar la madrugada del 17 de noviembre de 1917. Aquella madrugada, Mariátegui, César Falcón y un pequeño grupo de personas –incluido un violinista–, se reunieron en el Cementerio General de Lima para ver danzar a la bailarina suiza Norka Rouskaya la Marcha Fúnebre de Chopin. La policía terminó deteniendo y encarcelando a todos los asistentes. El evento, que tenía vocación de experimento estético, fue calificado de degenerado y escandaloso por la prensa conservadora de El Comercio y La Unión. Sin embargo, lo único que reveló el impacto de aquella experiencia fue, como señala Sara Beatriz Guardia, “el espíritu timorato y taimado de la sociedad limeña de entonces” (Beatriz Guardia, 2016, p. 42). Mariátegui escribirá un alegato sobre la experiencia del cementerio en el diario El Tiempo, criticando las acciones policiales. ↩︎
- 4El artículo completo puede leerse en la web del Archivo Mariátegui. ↩︎
- 5Como apunta Alfaro Rubbo, esta ventajosa y paradójica segunda opción frente a la cárcel se debió a la proximidad de la familia de Mariátegui con el propio Leguía: “Tanto la intervención de Enrique Piedra como la de Foción Mariátegui, el tío de José Carlos Mariátegui, y el lazo familiar formado por la recién fallecida mujer de Leguía, Julia Swayne y Mariátegui (prima del padre de Mariátegui), explican esta singular actitud” (Alfaro Rubbo, 2025, p. 63). Por otro lado, Mariátegui nunca operará como “propagandista”, sino que seguirá desarrollando su trayectoria periodística de manera libre y cada vez más próxima al socialismo. ↩︎
- 6Mariátegui disponía de la edición italiana del texto en la editorial Laterza (1921) en su biblioteca particular (Vanden, 1986, p. 231) ↩︎
- 7Algo muy visible en sus textos “Dos concepciones de la vida” y “El hombre y el mito”, publicados en Mundial en 1925. Estos textos iban a formar parte del libro El alma matinal que no pudo ver la luz en vida del autor. Ambos fueron republicados el año 1930 en Amauta. ↩︎
- 8La mayoría de los textos aparecieron en la revista Variedades y cinco de ellos en Mundial. ↩︎
- 9El Ayllu es una forma tradicional de organización social y comunal de los pueblos quechuas y aymaras, Mariátegui la definirá como la “célula” del Imperio Inca, pero se trataba de una realidad que antecedía al incario. Siguiendo a César Ugarte, Mariátegui define la sociedad incaica como un comunismo agrario en el cual el ayllu, un conjunto de familias emparentadas, descendientes de un antepasado común, comparte un conjunto de recursos y un territorio dado. Se trata de una propiedad colectiva de los recursos que entraña, a su vez, trabajo cooperativo en diversas formas: ayuda mutua entre familias (Ayni), ayuda en beneficio de la comunidad (Minka) o el trabajo obligatorio con relación al Estado incaico (Mita). ↩︎

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