Una historia mestiza

Hay un lugar que yo me sé 
en este mundo, nada menos, 
adonde nunca llegaremos. 

Donde, aun si nuestro pie 
llegase a dar por un instante 
será, en verdad, como no estarse. 

César Vallejo, Trilce

 

Como la de tantas otras personas, la historia de mi padre es una historia marcada por la migración. Óscar Espinoza Vásquez nació en Perú, en Santa Rosa de Tambo, en el departamento de Huancavelica -provincia de Huaytará-. ¿No les suena demasiado, verdad? Quédense entonces con esta referencia: los Andes centrales. Una tierra con innumerables cerros salpicados de verde, lomas y chacras con cultivos. Aunque sólo pude visitar el pueblo de mi padre de niño, las imágenes que tengo de él son muy vivas. Cuando comemos juntos y se presenta la ocasión solemos rememorarlas. Entonces las anécdotas y descripciones acaban adquiriendo el carácter de alusiones poéticas, sobre todo cuando mis primos y primas visitan su casa. O mis tíos. La infancia, las vacas, los cerdos, las jornadas en el campo, los paseos a caballo de un pueblo a otro, los huaynos y los carnavales -llenos de color, música, danza, pisco y algarabía- ocupan el centro de la escena. Pero lo poético no viene tanto de lo que se comenta, que también, sino del cómo: el rostro de mi padre se viste con una sonrisa, y su voz -melódica, suave- comienza a hablar en quechua. Una lengua cuya cadencia siempre transporta a otro lugar. Y que yo sólo puedo asociar al cariño.

Mi padre llegó a España en 1961. Su madre -mi abuela Leónidas- decidió que debía aprender una profesión lejos del campo. Era un buen estudiante y había que aprovechar sus dotes. Así que el el joven Óscar se vio embarcado en la misión de convertirse en médico por imperativo familiar -casi por imperativo materno-. No fue fácil para el más pequeño de diez hermanos abandonar Tambo, las vacas, el río y aquellos cerros tostados por el dios sol. Antes de abandonar Perú, y con esfuerzo económico familiar, pasó por el colegio militar Leoncio Prado. Lo recordarán si han leído La ciudad y los perros, de Mario Vargas-Llosa. La experiencia en aquella institución educativa y castrense no fue fácil para mi padre, de tez morena y nacido en la sierra. Las élites peruanas -como recuerda Vallejo en Paco Yunque– no suelen ser excesivamente amables con quienes no consideran sus iguales. Pero aquel chico serrano aguantó sus tres años con vigor y estoicismo, y finalmente cruzó el océano para arribar a España. Y cuando llegó lo hizo en pleno desarrollismo, justo cuando la economía española comenzaba a despegar tras la autarquía franquista -a golpe de turismo, ladrillo y tejemanejes varios, cómo no-. El color gris y uniforme de la dictadura se parecía muy poco al arco iris de los carnavales tambinos.

Óscar migró con una tarea concreta: estudiar medicina y ejercerla. Sus vivencias, por suerte, no fueron las del exilio. Pero si las de cierto éxodo impulsado por la promesa de una vida mejor, una aventura incierta y muchas veces excesiva par alguien tan joven -tenía alrededor de 18 años-. Cuando llegó a Madrid no había muchos migrantes latinoamericanos. Y menos en la universidad. Intentó mezclarse. Estudió, vivió algunas noches salvajes acompañado de su voz y una guitarra, erró de aquí para allá y también le tocó correr delante de los grises -aunque siempre fue un hombre prudente-. Tras varios avatares, al final se tomó en serio eso de “la carrera”. El fallecimiento de su madre, mi abuela -a la que sólo conozco por un par de fotos y varios testimonios- marcó buena parte de sus decisiones posteriores. Óscar acabo especializándose en pediatría y psiquiatría, pero su pasión fue siempre la psique humana -a la que sigue dedicándose a su manera-. Luego -o más bien durante- tuvo que inventarse un hogar, una especie de Ítaca a medio camino entre España y Tambo, un lugar en el que echar raíces para sentirse “en casa”, para escapar de la intemperie de habitar dos tierras y ninguna. En definitiva, un espacio al que regresar. Como podrán imaginar, no sólo se trataba de una tarea ardua o difícil, sino también de una tarea imposible. Siempre incompleta.

Y es que tras la sonrisa de mi padre late una experiencia de desarraigo. Algo que no siempre es fácil de sobrellevar. Me refiero a ese vacío o fragilidad interna que encarnan quienes habitan una suerte de frontera. Una fragilidad que, sin embargo, suele traducirse en fortaleza, sobre todo en empatía y afecto. Pero lo hace al precio de saberse atravesada por una herida, por una fuerte consciencia de la vulnerabilidad -propia y ajena-. Probablemente por todo ello sea un gran terapeuta y pediatra. En Ciempozuelos lo saben. Perseverante en la escucha, paciente y atento al dolor del otro. A su inquietud. Sin embargo, el desarraigo nunca lo abandona del todo. Y ello a pesar de haber construido un hogar y dos familias -que hoy son una sola-. Seguramente por eso se empeñó tanto en darnos un hogar, en alimentar y nutrir una raíz estable y duradera en la que al final -tras muchos avatares- pudiésemos perseverar. Así que, al final de los finales, es esa herida fronteriza, esa tierra de nadie, la que ha permitido albergarnos y la que ha hecho de él alguien con tanta capacidad de amar. Si ha conquistado una tierra propia, es un cruce de caminos. Mi padre habita el umbral, es una figura mediadora, está en el medio: entre la nostalgia de la tierra que fue, Tambo, y a la que no se puede volver del todo, y el lugar que habita, al que tampoco puede pertenecer completamente. Una unidad extraña. Abierta y fértil. A veces sencilla, otras barroca. A veces incluso natural. Dinámica y viva. Kusi.

Mi padre, paternal y maternal, siempre quiso quitarme los miedos, enseñarme a decir sí, abrirme los ojos y hacerme confiar en un camino propio, un camino que también yo -al igual que él- tenía que inventar. En ello seguimos. Siempre creyó en mí, a ciegas, incluso contra todo pronóstico. Y su confianza se hizo mi confianza: de aquel árbol crecieron ramas con savia mestiza. Todavía recuerdo cuando me recitaba de pequeño algunos fragmentos de Los heraldos negros de César Vallejo -un amigo ya de por vida-, o cuando me enseñó los números en quechua –Huk, Iskay, Kinsa, Tawa, Pisqa...-. También el día en que comenzó a dejarme robarle libros de su biblioteca -de Mariátegui y Marcuse a Foucault-.  O cuando un buen día, en plena adolescencia, me dijo que daba igual que me gustasen los hombres, las mujeres o ambos, que todo era natural -y yo me sentí libre y sin culpa para desear y elegir lo que quisiera-. O su voz, tarareando:

Pajaranmi ripuchkani,
perlaschallay,
tuta tuta tutamanta,
perlaschallay,
kausaspayqa kutimusak,
perlaschallay,
wañuspayka manaña cha,
perlaschallay.

Libertad, amor y conocimiento. Un legado mestizo. Y un gran regalo de por vida.

Yo te regalo estas palabras por tu día, Óscar. Y celebro tu calor, tu compañía.

 

Mario Espinoza Pino

2 comentarios en “Una historia mestiza

  1. L. Crosbby Buleje Espinoza 24 marzo, 2019 — 9:01 pm

    Maravillosa descripción, narración, excelente inspiración de un hijo en esta narración, hermoso tiene que haber sido la comunicación entre padre e hijo , ya que nadie más podía escribir este tema con la amalgama de la vida prácticamente de su padre y con tan exacta historia de la vida de su Sr. padre…..mi modesto aprecio a tu persona Mario, mis felicitaciones!!!!

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  2. Tu padre y tu guía. Pero para mí, es un ángel, que apareció sin más y al que busqué en mi subconsciente, La Luz que necesitaba para poder seguir mirando de frente por este angosto camino. Y sé que La Luz de muchas otras personas que en algún momento perdimos la esperanza de un mundo mejor. Es bondad, es amistad, es un estoy aquí para recodarte que puedes seguir, pero ahora mirando, observando sin miedo, un abrazo, un sonrisa, un Amigo. Qué se puede pedir más? Como dice la canción… hay ángeles entre nosotros. Y uno de ellos es tu padre.

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