Mudar. Mudarse.

A quienes se mudan

Mudar. “Dejar algo que antes se tenía, y tomar en su lugar otra cosa”. Estamos ante un verbo de raíz latina (mutare) que alberga diversas acepciones, todas ellas relacionadas con el cambio, el movimiento y la transformación. Así, por ejemplo, los muchachos mudan la voz en medio de la pubertad, tiñéndose esta de una tonalidad más grave -las cuerdas vocales se hacen más gruesas y se alargan-. Las aves mudan cuando desechan las plumas inservibles, mientras que los gusanos y las serpientes lo hacen al desprenderse de la piel para inventar una nueva. Pero mudar también tiene significados más generales, abstractos y casi alquímicos: “Dar o tomar otro ser o naturaleza, otro estado, forma, lugar”. Es un verbo que incluso puede adquirir sentidos más escatológicos -aunque poco usuales-. Sin embargo, lo habitual hoy día es que lo empleemos asociado a una acción mucho más práctica y corriente: “dejar la casa que se habita y pasar a vivir en otra”. Mudarse, entonces, describe un movimiento entre dos puntos o dos espacios. Y dicha transición puede esbozar una línea recta, una curva, un zigzag o formas más caprichosas y enrevesadas. En cualquier caso, realizar una mudanza tiene un poco de toda la paleta de colores que evoca este verbo de tránsito.

Mudarse es todo un ritual contemporáneo. Y cada vez más común. Uno estaría tentado de decir que es uno de los rasgos que definen el vértigo actual de la vida urbana: la gente se muda. Especialmente en tiempos de precariedad y burbujas de alquiler. De hecho, mudarse ha dejado de ser un rito de paso singular -el camino hacia la autonomía y la independencia que anhelaban nuestros mayores- para convertirse en una constante. Y no precisamente en relación con el ascenso social. Hablamos de una presión que sufre especialmente quien no tiene demasiado dinero ni estabilidad laboral. Por relacionarse con el hogar y el espacio íntimo, “mudarse” puede asumir significados radicales y profundos, como “dejar el modo de vida o el afecto que antes se tenía, trocándolo por otro”. Y es que hay muchas circunstancias que pueden hacernos desembocar en una mudanza: una ruptura, no poder pagar los recibos, cambios drásticos en la vida familiar o el aberrante negocio inmobiliario. Mudarse tiene aquí algo de metamorfosis no deseada e irreversible. Es como si perdiésemos la concha marina que habitábamos y nos protegía, dejándonos momentáneamente a la intemperie. Casi desnudos. Vulnerables.

Como todo ritual que se precie, la mudanza tiene sus fases y etapas. Unas más simbólicas y otras más materiales. Quizá la primera se encuentre a medias entre la nostalgia y la negación, sobre todo cuando la situación es sobrevenida y no admite negociaciones. Y es que cuando hacemos hogar y barrio odiamos la idea de tener que salir a la calle en busca de unos nuevos. Y más con estos precios. En momentos así se mezclan muchas cosas: reminiscencias de nuestro itinerario en la vivienda, de los acontecimientos más importantes vividos bajo ese techo y las aspiraciones que se han quedado a medio camino. También de las sendas truncadas. El amor, la tristeza, el dolor, las conversaciones, los besos, los desencuentros, las caricias, la sinceridad compartida, las mañanas plácidas, los domingos descalzos, los olores especiados de la cocina y la luz -esa luz y no otra-. Todo viene de golpe. Hasta las palabras no dichas entre esas cuatro paredes. La sombra de la mudanza se cierne como una maldición que acecha tras la puerta y vuelve los días inciertos, empujándonos a una extraña indiferencia respecto del hogar. Un proceso que nos prepara para el futuro desenlace: la partida definitiva.

Tras las zozobras afectivas y vitales iniciales, llega el momento de la resolución práctica: más tarde o más temprano tendremos que irnos. Así que, con esa certeza en la mano, comenzamos a hacer cálculos y balances de todo tipo, desde los más abstractos hasta los más realistas. Pero la realidad manda, y nuestra mente piensa ya en cajas, bolsas y viajes de furgoneta, en si esto cabrá aquí, en si es muy frágil o si necesitaremos manos amigas para llevar nuestras cosas y pedir prestada otra maleta -demasiados libros y el típico “para qué compraría yo aquella cosa”-. Comenzamos a hacernos una idea del tiempo de trabajo que tendremos que dedicar a desmontar nuestra vida. Porque, en cierto sentido, de eso se trata. Sin embargo, en esta fase lo enfocamos de manera resuelta y en parte liberadora: una vez dispuestos los tiempos, las tareas y un buen número bolsas, cruzamos cierto umbral. La tristeza deja paso a una sensación de fugacidad y contingencia. Y volvemos a ser resolutivos: “para el tiempo que me queda aquí, en esta casa -ya un hogar a medias- tendré que disfrutarlo todo lo que pueda”. Y de nuevo evocamos momentos, lugares y hacemos recuento de experiencias. La luz de la vivienda vuelve a ser casi la de siempre, aunque ahora adquiera una tonalidad evanescente.

En medio del paso anterior -o a caballo entre el primero y el segundo- se produce la búsqueda del nuevo hogar, un escenario siempre difícil, lleno de variables y circunstancias que oscilan entre la fortuna y la adversidad. En ciudades como Madrid y Barcelona más lo segundo que lo primero: en cinco años el precio medio del alquiler ha subido un 50% en España, así que nuestra búsqueda puede convertirse en un imposible o en algo parecido al mito de Sísifo. Cuando parece que hemos encontrado el lugar adecuado, las condiciones son abusivas e inasumibles y tenemos que volver a empezar. También puede que no encontremos nada y que nuestros amigos nos hagan hueco en sus casas por un tiempo. O que sea la familia quien vuelva a darnos un lugar en la vivienda familiar, lo que despertará en nosotros el temor de la falta de independencia, el fracaso y la regresión. Pero uno nunca regresa al mismo sitio ni se encuentra con la misma gente -aunque no deje de ser en parte la misma-. El tiempo pasa para todas y todos. Lo que está claro es que hasta que no resolvamos el punto de llegada, será difícil que podamos organizarnos y disfrutemos del tiempo que nos queda en el hogar antes de la mudanza.

Cuando se acerca la fecha de la partida, el tiempo se acelera y el espacio y las cosas -nuestras cosas- sufren cierta enajenación. Nosotros no dejamos de compartir el mismo extrañamiento con ellas. El proceso de embalar, desmontar muebles, empaquetar libros y meter la ropa en las maletas evoca fatalmente sus orígenes: el primer día que abrimos la puerta de la casa y deshicimos el equipaje a toda prisa -seguro que llenos de esperanzas y anhelos-. Pero ahora habitamos la otra cara de la moneda y hay que recogerlo todo, limpiar, despedirse de aquellas mañanas, de lo bien que quedaba aquel cuadro en la pared del salón, de las tardes en el sofá y del olor de la terraza después de una mañana de lluvia. Con suerte será un proceso rápido si lo hemos planificado bien, sobre todo si contamos con aliados que nos brinden su apoyo y su calor. Aunque las mudanzas -como los duelos- tienen su propio ritmo y hasta una temporalidad insistente y singular: siempre hay flecos o detalles que nos harán volver a la casa hasta el día en que entreguemos las llaves. Esos días son extraños: la vivienda ya no es lo que era, nosotros tampoco somos los mismos dentro de ella, pero algo de todo lo vivido parece perseverar ahí, en ese espacio ahora vacío, como un miembro fantasma tras una amputación.

Si todo va bien, después de la mudanza y de todas las transiciones que conlleva, volveremos a habitar en otro lugar. La casa que dejamos permanecerá vacía hasta que sea vendida o, como es más habitual hoy día, vuelva al circuito del alquiler por un precio mucho mayor -así es el negocio-. Los propietarios pueden tener otras necesidades, pero en tiempos de burbuja, las salidas más usuales son de índole comercial y rentista. Recuerdo que Marx dijo una vez que cuatro paredes y un techo no serán nunca una casa, que para que dicho espacio llegue a ser a ser un hogar debe estar habitado: son el uso y la vida -los paisajes íntimos y vitales que dibujamos dentro- los que dan sentido a la vivienda. Cuando está vacía, la casa sólo es valor de cambio, un bien de inversión, pero nunca un hogar. Es materia de especulación, pero no de vida. Quizá las mudanzas podrían ser de otra manera si el uso y el disfrute dominasen sobre el dinero, si la voluntad y el deseo colectivos se impusiesen a la ciega necesidad del mercado. Si el derecho a la vivienda fuese tan básico como respirar. Hasta entonces tendremos que seguir luchando por permanecer, aunque nos toque afrontar algunas mudanzas más.

Como decía al comienzo, mudar, la acción de mudarse, parece retener un poco de todo el colorido del verbo. Es cambio, desplazamiento, crecimiento y mutación. Abandono de algo -vivienda, modo de vida, afecto- por otra cosa. Decía P.B. Shelley aquello de que tal vez sólo perdure la mutabilidad. Y en ese sentido, mudarse no sólo es duelo sino también nuevo comienzo. Pero tal y como están las cosas, volver a empezar puede tener muy poco de romántico. Esperemos que nuestro próximo destino -sea cual sea- también permita albergar otras tardes hermosas, buena compañía y el calor de una comunidad. Al menos una habitación con vistas. Elementos que nutran un nuevo paisaje íntimo y permitan echar raíces. Aunque a estas alturas hayan aprendido a ser tan ágiles como viento.

Mario Espinoza Pino

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