Antimemorias del COVID-19: Intimidades confinadas

El deseo irrazonado de volver hacia atrás o, al contrario, de apresurar la marcha del tiempo, eran dos flechas abrasadoras en la memoria.

Albert Camus, La Peste

Ayer caminábamos libremente por las calles, hablábamos con la gente en bares y terrazas. Hoy estamos confinados. En el medio la incredulidad y la sorpresa ante la pandemia. Después una alteración total de nuestras vidas. Tanto de nuestras expectativas como de los quehaceres más habituales. Pero como somos más o menos fuertes y flexibles, tratamos de adaptarnos. O al menos lo intentamos -aunque no siempre se pueda-. Y durante este proceso de adaptación que no hemos elegido, que parece no terminar jamás y que a veces sobrellevamos a duras penas, el día a día se transforma. Toma otro rumbo. De hecho, lo que nos parecía cotidiano y familiar se convierte en ajeno por una suerte de extraña intensificación de lo íntimo. Los lugares de la casa que antes formaban parte del imaginario del descanso, de la tranquilidad o del refugio, ahora son el paisaje habitual de nuestro cada día. Y durante veinticuatro horas. Trocamos las calles y las plazas por nuestra propia casa, por los pasillos o la cocina. En otros casos por el camino circular y monótono que podemos trazar en una habitación. Todo matizado, eso sí, por lo que vemos a través de nuestras ventanas o balcones. Y por las salidas a la compra, que siguen recordándonos que la realidad sigue ahí, en pie. Y vaya si sigue.

Nuestros ritos se han reformulado con el confinamiento. Los horarios, el trabajo y las rutinas han sufrido cambios importantes cuando no drásticos. También la forma de comunicarnos y nuestras demostraciones de cariño han mudado, tiñéndose de un obligatorio carácter virtual y distanciado -aunque deseemos justo lo contrario-. Incluso los hábitos más sencillos y las cosas más simples han iniciado su propia metamorfosis. Así que con toda esta avalancha de transformaciones, entre la incertidumbre y la preocupación, es normal que el sueño se haya resentido: el insomnio se ha convertido en un incómodo compañero durante las noches. O esa ansiedad que a veces aflora por las tardes o muy de mañana. Aunque puede ser mucho peor. Si ya vivíamos al filo de la precariedad antes de la pandemia, ahora cada día se convertirá en el reto de salir adelante con lo puesto. Un desafío vital y psíquico inmenso. Está claro que los confinamientos entienden de clase. Y mucho. Es muy diferente tener un colchón económico que no tenerlo. Del mismo modo, pertenecer a una red familiar densa, gozar del apoyo de una comunidad o contar con ayudas marca la diferencia. Luego cada cual, solo, con familia, niñas, niños o personas dependientes, lo lleva como puede.

Cada hogar y cada casa son un mundo. Una circunstancia confinada irrepetible. Llena de paralelismos y analogías con otras, por supuesto, pues no dejamos de pertenecer a la misma sociedad. Aunque la vida cambie tanto según el barrio o el municipio. Lo cierto es que nuestra cotidianidad se ha convertido en un ir y venir entre habitaciones, patios y balcones -los hay incluso que tienen azotea, y luego están quienes carecen de patio y de balcón…-. Casi se podría decir que son esos tres lugares los que contienen nuestras vidas hoy día. Las habitaciones como la cifra constante de todos los días, los balcones como el lugar de expresión colectivo por antonomasia -allí solemos aplaudir a las ocho, tomamos el aire o protestamos- y los patios como un lugar semi-público, relacionado con la expresión pero también con el cuidado -aunque esto dependa de cómo nos llevemos con vecinas y vecinos, claro-. Los paseos para hacer la compra o las salidas con nuestra mascota complementan el restringido mapa de nuestros movimientos durante el Estado de Alarma y la pandemia del COVID-19. Las calles solitarias, los bailes de máscaras y los turnos para entrar al supermercado marcan un ritmo vital muy diferente del de la antigua espontaneidad que experimentábamos al circular con libertad.

De la mañana a la noche, nuestra vida transcurre entre cuartos y pasillos. Al principio quizá todo se parecía a una larga convalecencia dentro de casa -o eso quisimos pensar-. Con más de tres semanas de confinamiento la cosa es bien distinta. Hemos tenido que reinventar nuestras rutinas para sostener el transcurso del tiempo. Al realizar toda actividad en el mismo lugar -trabajo, ocio, descanso, cuidado- las fronteras entre la tareas y los ritmos se difuminan. Lo más probable es que vivamos esta confusión con bastante insatisfacción. O con estrés. Sin duda, uno de los esfuerzos más complicados recae en padres y madres, que ven multiplicadas sus tareas y tienen que imaginar como educar y entretener de la mejor manera en tiempos de pandemia. En cualquier caso, prácticamente para toda hija de vecino los días se han convertido en un reto mucho más exigente que antes. Precisamente por eso, resulta absurdo pedirle a una situación excepcional como esta buenos resultados en nuestro trabajo. O una firmeza imperturbable en nuestra cotidianidad. Con todo lo que tenemos encima. O todavía peor: exigirnos resultados deslumbrantes en medio de un encierro que no deja de ponernos a prueba. Para alguien con pocos ingresos algo así solo puede sonar a chiste de mal gusto. Pero cosas como estas se escuchan por las redes por boca de más de un vendedor de crecepelo espiritual -llámenlo coach-.

En las habitaciones expresamos nuestras intimidades confinadas. En el itinerario familiar que va del dormitorio a la cocina y en la pantalla iluminada del móvil. También en las llamadas y mensajes de voz. Nos comunicamos, hiper-comunicamos y también nos tomamos un respiro de esa comunicación que -hambrienta- intenta suplir el contacto real. Porque también cansa o satura estar perpetuamente conectados en una situación anormal como la que vivimos. Las redes nos incitan a expresarnos y nosotros no dejamos de hacerlo, siempre aquejados de cierta sensación de irrealidad. Un extrañamiento que probablemente padezca más quien vive en soledad. Vivir con más gente disminuye un poco esa enajenación, pero no la aplaca. Al menos el tacto, la mirada, la presencia del otro, la conversación directa y otras formas básicas del reconocimiento humano permanecen intactas. Próximas. Y cómo somos animales afectivos, podremos sostenernos mejor en esa red. Y ello a pesar de las tensiones que induce el vivir encerrados: a veces puede magnificar lo mejor de nuestro carácter al extremar el cuidado, otras veces nos destapa como una olla a presión. La parte más difícil vendrá para las mujeres que conviven con un agresor, son muchos los casos de violencia de género, también será duro para quienes están encerrados en una soledad dependiente -como las personas más mayores o funcionalmente diversas-.

Si las redes y otros dispositivos se han convertido en una de las formas básicas para expresar el cariño y afecto, para hacer presentes a los ausentes, también se han convertido en foros o espacios de protesta e información -o su contrario-. Pero hay otro “foro” acoplado de manera física a muchos hogares que se ha cargado con un nuevo significado: el balcón. Allí socializamos nuestras incertidumbres. Todos los días muchas personas se reúnen allí para aplaudir colectivamente al las personas que trabajan en la sanidad pública, que hacen turnos interminables para frenar la pandemia del COVID-19. Este ritual convierte las terrazas en un lugar casi público, volcado al exterior, que sirve para hacer valer nuestras ideas con o frente a otros, para poner nuestras pancartas o gritar consignas críticas. O cantar o hacer casi lo que nos de la gana -siempre tanteando los límites de la paciencia vecinal-. Muchas veces, a la hora de los aplausos, la policía y las ambulancias hacen sonar las sirenas uniéndose, convirtiendo el acto ciudadano en una especie de rito institucionalizado -cuando es la policía quien predomina todo adquiere un tono gris y autoritario-. Los aplausos son ambivalentes, algunas personas muestran sus solidaridad con la Sanidad Pública, con los derechos de todas y todos, algún otro hace sonar himnos patrióticos intentando escenificar unidad -una unidad que nunca ha sido tal sino a base de violentas dosis de opresión; tenemos buena parte de nuestra historia aún en cunetas-.

Más allá de la pequeña plaza pública de los balcones, para algunos escenificación de cierta economía moral de la protesta, para otros expresión difusa de orgullo patrio, también están los patios, lugares interiores con su propia “esfera pública” entre tendederos (a veces radio macuto). Desde luego, la comunicación en el patio depende de lo que conozcamos a los vecinos. Aunque seguro que el confinamiento nos habrá presentado a muchos de ellos, ya por necesidad, ya por empatía en medio de una situación colectiva que nos ha pillado a todos desprevenidos. El patio es un lugar abierto al cuidado cuando la gente se conoce: permite echarse una mano y presentar nuestras preocupaciones ante una pequeña comunidad. Recientemente una vecina ya muy mayor se cayó al suelo en la terracita del patio, mi madre lo escuchó y me avisó rápidamente. Como la mayoría de las personas nos conocemos en el bloque, al escuchar nuestros intentos para comunicarnos con ella, las vecinas salieron al patio. Aunque no podíamos entrar en la casa, pues no teníamos llaves y la señora no podía moverse, una vecina bien dispuesta que conoce dónde vive de una de sus hijas -a una manzana apenas del edificio- salió a avisarla corriendo y el entuerto pudo arreglarse rápido. Recibió todas las atenciones necesarias en medio de su confinamiento. Por otro lado, aquel accidente nos permitió conocer el clima de cada hogar y sus necesidades -ver si hacía falta hacer compra para alguien y sentirnos seguros al comprobar la buena voluntad del vecindario a la hora de prestar ayuda-.

Nada de lo dicho en esta improvisada fenomenología pretende ofrecer una visión romántica de las cuarentenas desiguales que vivimos en el confinamiento. El punto de partida de nuestras situaciones está marcado por la precariedad como mal social inducido por décadas de políticas neoliberales. Es algo que se percibe nítidamente en Madrid, la región en la que vivo. Y es algo análogo a las demás zonas del Estado. La región madrileña probablemente siga siendo la más segregada de Europa y de las más desiguales; está partida en dos: noroeste rico, sureste pobre -junto con partes de la sierra laboralmente deprimidas-. Un mínimo examen por renta o categorías socio-laborales nos muestra la polarización relativa de la zona sólo con comparar Pozuelo (72.993€) y Fuenlabrada (22.691€). El mapa regional del coronavirus alude mucho a las desigualdades instituidas en la Comunidad de Madrid. Lugares como Alcalá, Torrejón, Móstoles, Fuenlabrada, Getafe o Valdemoro se ven más afectados por el coronavirus. Aunque hacen falta datos para elaborar un informe preciso, parece claro que el mayor número de contagios se da en municipios donde la mayoría de trabajadores no pudieron teletrabajar, teniendo que desplazarse en marzo hasta el frenazo de la producción. Pero este mapa de contagios coincide también con las líneas clásicas de la segregación madrileña por municipios, incluyendo en la capital los distritos de Puente de Vallecas, Tetuán, Carabanchel, Vicálvaro o San Blas, con menor renta y recursos y elevadas cifras de paro -la excepción es Fuencarral – El Pardo, quizá por cuestiones de movilidad-. De nuevo cuestiones de clase.

En fin, y por hacerlo más tangible, no es lo mismo confinarse en una casa de Fuenlabrada, que cuenta con una media de 28’78 metros cuadrados por persona, que hacerlo en Pozuelo con 50’64, que cuenta con una de las mayores superficies medias por persona por miembro del hogar en el Estado -la mayor es la de Villanueva de la Cañada en Madrid-. Dicho esto, cada cual intenta, en la medida de sus posibilidades, llevar el confinamiento lo mejor que puede. El itinerario recurrente entre habitaciones, patios y balcones no deja de fatigarnos e intentamos, con mejor o peor fortuna, reinventar una rutina adaptada a esta época. Desde luego, tener vecinas y vecinos que hacen valer el apoyo mutuo -como sucede en el Centro de Madrid y en muchos otros lugares– es una gran ayuda para sobrellevar esta cuarentena obligatoria. Sobre todo para las personas más vulnerables. Y es que lo que hemos visto con este encierro colectivo es que la vulnerabilidad social ha aumentado exponencialmente. La pandemia ha hecho que llueva sobre mojado en una sociedad que estaba quebrándose desde abajo. Por ello es difícil de entender que las ayudas prestadas por el gobierno sean más titulares que realidades. Sobre todo ahora, cuando un abismo bajo los pies -como ha señalado Pablo Carmona- se abre debajo de tanta gente.

Quizá lo peor de todo sea el último anuncio del Gobierno: el regreso inmediato a la actividad laboral por parte de muchos trabajadores -un discurso salpicado de jerga belicista-. Y todo por las presiones de una economía que para maximizar sus beneficios se opone a la salud y la vida. Si como vimos en el caso madrileño, los contagios crecieron allí donde la actividad continuó hasta el parón de la producción, es muy probable que la reactivación inmediata de los engranajes económicos vuelva a dar el mismo resultado u otro peor: más contagios en las mismas zonas, las más golpeadas por la crisis de 2008 -de la que no nos hemos recuperado-. ¿Se imaginan lo que esto supondrá para unos servicios sanitarios diezmados y para toda la población? Parece mucho más sensato abordar la situación desde medidas estructurales, como la Renta Básica Universal, medidas fiscales redistributivas u otros tipos de ayuda que no institucionalicen la pobreza y ayuden a mantener a raya el contagio y la dignidad de las personas en sus hogares. Esta difícil coyuntura nos pone ante un camino doble: seguir la senda de una vieja normalidad que ya no será más, y que ha sido sinónimo de pobreza y de precariedad -ahora lo vemos más que nunca-, o apostar por la vida como las vecinas y vecinos que se organizan en los barrios como pueden. Puede que no tengan la fuerza del Estado, pero las redes que construyen anticipan otras alternativas que ponen la vida en el centro de las cosas.

Mario Espinoza Pino

1 comentario en “Antimemorias del COVID-19: Intimidades confinadas

  1. “La vida en el centro de las cosas”, ¡ojalá pudiéramos!

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