Enjambre de luces sobre fondo gris

Sobre Entrevista a un insecto atravesado por la luz (EOLAS ediciones, 2021) de Helios Fernández Garcés.

Busco la palabra que se rebela
contra el que la pronuncia
y le obliga a agigantar la capacidad
de abrazar su insignificancia.

Helios F. Garcés

Ser poeta hasta el punto de dejar de serlo.

César Vallejo


Es probable que las luciérnagas sean el insecto metafórico por excelencia. ¿Cómo no sucumbir ante una pequeña criatura que tiene la capacidad de producir luz a partir de sí misma? Estos faros minúsculos y titilantes elaboran su particular alquimia al absorber el oxígeno del aire y combinarlo con luciferina, una proteína característica de los seres bioluminescentes. Cuando se produce la reacción, la energía química se destila directamente en luz: es entonces cuando los órganos lumínicos de estos singulares coleópteros se encienden de manera intermitente y vemos aparecer unas lucecillas bajo su abdomen. Así, emiten un lenguaje de fulgores cuya intensidad y cadencia sirve a distintos fines: puede querer atraer la atención y el vuelo de sus compañeras, invitándolas a la danza del apareamiento, o advertir a los depredadores de lo amargo de su sabor –evitando ser devoradas por murciélagos y otros mamíferos–.

La aparición o desaparición de estos seres brillantes ha quitado el sueño a más de un poeta y crítico ilustre. Recordemos el célebre artículo de Pier Paolo Pasolini para el Corriere della Sera (El artículo de las luciérnagas, 1 de febrero de 1975), que denunciaba la extinción de los diminutos destellos alados en los campos de Italia. Pasolini cifraba en la desaparición de las luciérnagas la transición del fascismo clásico a la sociedad de consumo a través de la modernización industrial italiana de la década de los 70 –una transición liderada por los democristianos–. Según el poeta y director de cine, la muerte de las luciérnagas sería sinónimo de la muerte del nervio de la cultura popular italiana y sus formas de resistencia, aquellas que el cineasta de Bologna habría querido retratar en su Trilogía de la vida. “He visto, por lo tanto, “con mis sentidos”, la acción coercitiva del poder del consumo transformar y deformar la conciencia del pueblo italiano, hasta una degradación irreversible” –llegará a decir –.

La crítica de Pasolini es absoluta: la contaminación industrial no sólo habría matado a las luciérnagas, sino que el declive de los insectos marca el paso a la estandarización social impuesta por un capitalismo que ha comenzado a mercantilizarlo todo. Incluso las pasiones más vivas del pueblo. No hay duda de que el gesto de Pasolini es excesivo, pero también es sintomático, pues a la hora levantar acta de defunción de las lucciole también lo hace respecto del potencial emancipador de las luchas populares que vibraban en su presente. Al perder la senda de aquellos fueguitos nocturnos, también pierde la esperanza. Así lo entenderá Georges Didi–Huberman en su obra La supervivencia de las luciérnagas (2009), que se empeña en mostrar cómo estos pequeños seres sobrevivieron al diagnóstico de Pasolini, tanto desde el punto de vista material como desde su sentido más metafórico.

De la mano de Walter Benjamin, Didi–Huberman trata las luciérnagas como símbolo de una “política de las supervivencias”, de aquello valioso y profundamente humano que sobrevive al desastre e irrumpe ante nosotros como legado de una historia en ruinas. Destellos fugaces que reflejan la fragilidad de nuestra condición y ofrecen fragmentos de sentido –preguntas, respuestas, imágenes– para navegar las aguas turbulentas de la época que nos ha tocado en suerte. Balbuceos de un tiempo remoto que le hablan al nuestro de esperanza y liberación. Pero ¿qué sucede cuando las luciérnagas asumen la forma del poema? ¿Qué pasa cuando su figura luminosa adquiere textura poética como hilo conductor de una obra? ¿Qué puede un batallón de luciérnagas contra las grietas y la violencia de un mundo hostil, injusto y cada vez más roto? Eso es lo que está en juego en Entrevista a un insecto atravesado por la luz (EOLAS ediciones, 2021), la segunda obra del poeta gaditano Helios Fernández Garcés.

Si en el primer poemario del autor, Mi abuela no ha leído a Marx (Amargord Ediciones, 2017), eran el humor y la antipoesía quienes abrían la obra, estableciendo una dialéctica muy marcada entre los poemas –un diálogo siempre inconcluso entre poesía y antipoesía–, Entrevista a un insecto atravesado por la luz muestra una integración más orgánica en los poemas de la pulsión poética y antipoética del autor. Lo que no ha cambiado en absoluto son algunos de los temas centrales que se trenzan en su obra, una poesía política que no renuncia a interrogarse por la palabra poética –su origen, destino y efectos– y asume la senda de una lucidez que se amalgama con la búsqueda de una revolución interior –espiritual, si se quiere–. Pero, sobre todo, estamos ante una poesía que tiene un pleno esclarecimiento de los límites de sí misma –del quehacer poético propio y ajeno–, de ahí que se insista en utilizarla como herramienta sensible, expresiva e incluso desmistificadora, alejada de cualquier sublimación intimista o formal del mundo. Aquí la palabra sabe de su parcialidad e ilumina, como luciérnaga, conflictos fuera y dentro de nosotros mismos, nos arroja a ellos y se niega a permanecer en la tentación del silencio o el “encogerse de hombros”.

Poesía, antipoesía y luciérnagas

La anti-poesía no tiene el poder
de banalizar la vida

La poesía no puede sublimarla

Helios F. Garcés

Como señala el poeta Antonio Méndez Rubio en el prólogo a Entrevista, es cierto que la poesía de Helios F. Garcés “se lo juega todo a un cruce no previsto”, a la articulación o el encuentro de elementos muy diferentes, frágiles y densos, que buscan algo como un “punto de conjunción”. Pero esta colisión de naturalezas –ingredientes poéticos y antipoéticos, colectivos e individuales, sensibles e intelectuales, épicos y humorísticos– es solo azarosa en apariencia, pues es fruto de una meditación que se intuye por debajo de los versos. Estamos ante un trabajo tanto poético como filosófico sobre las palabras, los ritmos y las escenas evocadas. Mientras que Mi abuela no ha leído a Marx apostaba por hacer de la obra un artefacto antipoético –en una senda que seguía los pasos de Nicanor Parra–, Entrevista y sus poemas/luciérnaga (cada poema se autodenomina así) traza más bien un camino de cincuenta pasos hacia cierta iluminación crítica del mundo, del poder de las palabras y de un “nosotros” que no deja de ser interpelado en todo momento.

Más allá de la fuerza metafórica del insecto y su energía lumínica, las luciérnagas del poeta no son seres sublimes y etéreos: sus luciérnagas son irónicas, demasiado humanas, autocríticas, mordaces, espirituales, visionarias y permanecen apegadas a una lengua que se quiere popular. Y ello en un doble sentido: poético y narrativo. Y es que no sólo cada poema es una luciérnaga, sino que los poemas están acompañados de un relato paralelo que tiene a un batallón de pequeños seres luminosos como protagonistas. Luciérnagas meditabundas, militantes, oprimidas, comunitarias y críticas, pero también vulnerables y sabedoras de la propia pequeñez. Los poemas acaban reforzados así por un relato que no deja de problematizarlos y problematizar el presente colectivo: las luciérnagas se encuentran en asambleas, se ven absorbidas por colectivos más poderosos, sufren al ser traicionadas por sus compañeras, discuten por discutir o por cuestiones de máxima importancia. Aunque también son capaces de superar sus diferencias para cuidarse en común y tejer horizontes posibles.

La poesía de Helios F. Garcés es eminentemente política. Pero habría que ensanchar lo que significa aquí “político” para dar cabida al contenido de su obra. Por un lado, es una política de lo poético: una toma de partido en el lenguaje muy clara, que no sólo usa recursos antipoéticos, humor, relatos, aforismos o paradojas, sino que desmistifica de manera radical la figura (burguesa) del poeta (No escribo cuando estoy hundido/No encuentro nada inspirador en las miserias/ Niños de papá con ansias de malditismo/necesitan del combustible del sufrimiento). El poeta no está por encima del bien y el mal, está irremediablemente situado y no valen las imposturas: vale lo que valen sus palabras y la limitada claridad de la que son capaces. Y si se habla de injusticias en los poemas no es por gusto, sino porque no queda otra. De ahí que no se busque ni la oscuridad en el verso, ni el purismo formal, tampoco un intimismo melancólico o “maldito”. De hecho, cuando el poeta invoca la experiencia personal esta no abandona jamás el terreno de lo público (Ni mi tristeza ni mis carcajadas son propiedad privada).

Como decíamos, “político” en Entrevista a un insecto atravesado por la luz tiene más acepciones o alberga más tonalidades de las habituales. No sólo se trata de una poética con “clase” (La glorificación/ de la pobreza/ El privilegio/ de los que pueden/ Contemplarla de lejos), sino de una apuesta estética y política que asienta las bases de un proyecto de liberación de la sensibilidad y la mirada colectiva. Por ello, conviene recordar “Que no es más poético/ el que es más contundente/ Que no es más fuerte/ el que es más intransigente/ Que no es más lúcido/ el que subestima el cariño/ Así que no os pido dureza”. Pero todo proyecto de este calado busca un “pueblo” que falta, una ausencia que torsiona y perfila el lenguaje al tiempo que persigue esa raíz popular más allá de sus estrechos confines: “Todo gueto/ tiene su propio lenguaje/ Empero, la clave es el lenguaje de un pueblo/ Así que lenguaje popular/ pero de qué pueblo”. Por ello, no debe sorprendernos tampoco encontrarnos con variaciones del refranero popular que rezuman humor y mala leche: “A falta de pan/ buenas son hostias al alcalde” o “Al que madruga/ no le ayuda ni Dios”.

Una dialéctica abierta

Escribir no es morir
sino perder el equilibrio
Perder el equilibrio
para abrir la puerta al miedo
Abrir la puerta al miedo
para desalambrar certezas
y dejar que la luz las quiebre
Poco a poco. Hasta que sus raíces ardan.

Helios. F. Garcés

Pero ¿Qué producen las luciérnagas de Helios F. Garcés en quien recorre sus fragmentos de luz? ¿Qué es lo que sacude la sensibilidad y la inteligencia del lector? Si tuviésemos que hablar de un estilo, habría que reiterar que los poemas de Entrevista a un insecto a travesado por la luz albergan dentro de sí, como dos polaridades, poesía y antipoesía. Y desde ambas vibraciones –desde sus diferencias– el poeta rescata tanto la violencia de la realidad social (a veces con nombre y apellidos: Samba Martine, Marwan Aboubaida, Eleazar García Hernández) como una reflexión que pone al lenguaje ante sus fronteras, ante lo que enuncia, lo que querría enunciar y lo que rehúsa expresarse. En definitiva, ante las inconsistencias y el vuelo particular del que la palabra es capaz. Particularidad y situacionalidad entonces, pero siempre con una querencia por una universalidad ausente. ¿Se trata de aquella universalidad que anhelaba Aimé Césaire, esa universalidad depositaria de todo lo particular en su concreción?

Lo cierto es que la tensión dinámica entre una poesía que se sabe incapaz de sublimar la vida y una antipoesía incapaz de rebajarla, o –como señala el autor– una suerte de danza “entre la comedia y el drama/ entre denuncia y exaltación intimista”, tienen como resultado una épica propia que nace en la juntura de este vaivén. Una épica que interpela no sólo las entrañas de quien se deja iluminar por estas luciérnagas/poemas, sino que busca mover a una reflexión profunda. Estaríamos también ante una “poesía filosófica”, donde sabiduría y vida procuran darse la mano en un singular equilibrio. Una armonía contradictoria, sin duda, pero cuyo despliegue –comparable a sumergirse en agua caliente y después en agua fría (o a la inversa)– entrega una suerte de golpe de efecto o esclarecimiento que recuerda al brechtiano Verfremdungseffekt. Una toma de distancia frente a la realidad y el lenguaje que esclarece sus contornos, sus posibilidades y los hacen navegables a la mirada, el tacto y la acción.

Por tanto, estamos ante una dialéctica abierta, donde las contradicciones o polaridades no se resuelven en un tercero –una síntesis que las incluya y pueda darles conclusión–, quedando los poemas en el aire, como una disonancia que conmueve y empuja a un movimiento o gesto que debe caer no más allá, sino más acá de los versos. Por su vocación transformadora y crítica con las opresiones de la sociedad capitalista –una sociedad racista, machista y clasista–, la poesía de Helios F. Garcés dialoga con los temas y elecciones formales de la Poesía de la conciencia crítica (Antonio Orihuela, Antonio Méndez Rubio, Isabel Pérez Montalbán, Jorge Riechmann), un campo poético plural surcado por diversas tendencias, cuyo estilo –según la autora o el autor– ha caído más del lado del realismo o se ha aproximado más a cierta deconstrucción lingüística. Opciones diferentes –qué duda cabe– pero que buscan un mismo fin en su fondo: comenzar la subversión de la realidad a través de lo poético.

En el caso del autor de Mi abuela no ha leído a Marx y Entrevista a un insecto atravesado por la luz, la realidad se introduce en un dispositivo poético que permite nombrarla sin tapujos y señala los lugares donde se ejerce violencia y opresión (Los palmerales, Lavapiés el Raval, Almanjáyar, Cañada Real, los invernaderos de Almería y Huelva). Pero el lenguaje no fotografía, sino que indica y cuestiona, ofrece escenas sensibles al tiempo que embrida las tentaciones líricas para incidir mejor en lo que sucede afuera del poema. Algo logrado gracias al vaivén característico de su estilo, ese moverse entre el drama y el humor, entre el desgarro de lo patente y una ironía que no deja de concernir al autor y al propio poema. Por otro lado, no es casual que en uno de los microrrelatos que integran el poemario una de las luciérnagas abandone la palabra “conciencia” –concepto de una modernidad y un humanismo eurocéntricos sobrepasados–, atesorando únicamente las palabras “crítica” y “límites”. Dos términos mucho más importantes en la dialéctica que propone el autor: entre la necesidad de una crítica que ilumina las opresiones que la blanquitud no ve o relega al olvido, y un anidar en los límites de lo poético y lo político de la mano de la antipoesía.

Por otro lado, las luciérnagas de Helios F. Garcés son tan iconoclastas como conscientes del legado que las anima, de ahí que encontremos referencias y referentes claros (A la pregunta ¿Hay esperanza? Angela Davis respondió: “No lo sé, pero hay que vivir como si la hubiera” y brotaron luciérnagas”) como una palabra que quiere mantenerse alejada de la construcción de ídolos. Sin por ello borrar las huellas de la gratitud a una obra que no deja de inspirar y que va de Ernesto Cardenal a Angela Davis, pasando por el poeta punjabí Surjit Patar, con quien se mantiene una hermosa conversación poética en la luciérnaga 38 –uno de los momentos cumbres de la obra–. Sólo un ser como la luciérnaga –con su centelleante y mínimo fulgor– podría expresar el delicado equilibrio entre la gratitud a quienes nos han enseñado y la necesidad de la perpetua ruptura con lo aprendido.

Aunque Pasolini dejó de ver las luciole en la Italia de 1975, perdiendo de vista la reinvención de las luchas populares de su época –fue asesinado a finales de ese año–, estas no dejaron de sobrevivir a la mercantilización de la sociedad de consumo, ese destilado inicial del neoliberalismo hoy imperante. Cabría decir que sólo un trabajo poético muy especial puede permanecer atento a las luciérnagas. Ver sus pequeñas luces exige no sólo una mirada atenta, sino también una escucha fundamental (“Escuchar/ como si al otro lado/ salivara la última lengua”). Algo que la poética del autor de Entrevista a un insecto atravesado por la luz se empeña en hacer una y otra vez. El poema deviene luciérnaga, pequeño destello, frente a las grandes luces y focos que iluminan el presente, y que tienden a ocultar la realidad con sus cegadores resplandores –resplandores que además aniquilan a las luciérnagas–.

Pero ¿Y qué son esas luciérnagas? Son esperanzas, son recuerdos de luchas, relatos de dignidad que surcan el pasado y el presente, injusticias que nos obligar a sentirnos y sentir la realidad de otro modo, que nos invitan a inventar un nosotros en el que quepan todos los mundos. Fueguitos o destellos que también nos desarman, y nos preguntan ¿Y ahora qué? ¿Qué podemos hacer? Con un humor (todo el mundo debería leer “Poema en chiste menor”) que busca hacerlo estallar todo en mil pedazos. Pero estas luciérnagas buscan, sobre todo, el encuentro. Unos ojos que surquen sus cuerpecillos y entre poesía y antipoesía, abran los párpados, empuñen desconciertos y esperanzas para que el mundo deje de rimar con la violencia y el sufrimiento.

Mario Espinoza Pino.

Publicado originalmente en El Salto. Fotografía de Edu León.

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