Partir, quedarse

Con gratitud, para toda la buena gente que he conocido en Granada.


Las contradicciones parecen insufribles
en nuestro mundo.
Pero uno intenta
huir de ellas
como los pájaros:
huir quedándose.

Ángeles Mora, Contradicciones, pájaros


Ir y quedarse, y con quedar partirse

Lope de Vega

El verbo partir siempre me ha parecido rotundo y cortante. Deja en la boca un sabor metálico y casi definitivo. Aunque la partida no sea absoluta (el único viaje sin retorno posible es el último), todo movimiento que conlleva una mudanza, un cambio de hábitat y paisaje cotidiano, alberga cierta sensación de irreversibilidad. Por algo el verbo no deja de hacer referencia a una división: partir en dos, dividir algo -un material, un alimento, un territorio, un tramo de vida- en diferentes partes con el afán de determinar lo que a cada una de ellas le pertenece. Partir expresa aquí su matiz más duro y terminante, pues se trata de separar, de introducir una partición en algo que parecía estable y homogéneo. Uno.

Pero entonces el uno deviene dos a través de la necesidad que impone la partida, instándonos a abandonar el lugar que habitábamos por otro. Hasta ese momento vivíamos en una fase o un período marcado por una cotidianeidad, por unos objetos, por el rumor de unas callejuelas y su aroma especiado. Anís estrellado, comino, canela, Ras el hanut. A partir de ahora todo cambiará. Serán otras las calles, otras las plazas y otra luz las que marcarán el tránsito de nuestros pasos. Estaremos en otro lugar, al otro lado de una partición que, como una frontera erigida sobre el tiempo, transformará profundamente nuestra forma de vida. Porque mudar de hogar es como mudar de piel: una metamorfosis que nos invita a elaborar los duelos oportunos y abrir las ventanas necesarias para dejar entrar el aire.

Debo marcharme de Granada, una ciudad de la que es imposible partir. Pero he de hacerlo al fin y al cabo. Así que estoy terminando de empaquetarlo todo: toda una danza de maletas en pleno mes de agosto -menos mal que tengo la mejor ayuda-. Son días en los que la memoria inunda el presente, como si se tratase de una especie de nostalgia anticipada que acompaña los últimos ritos antes de la partida. En estos días no dejo de pensar en un poema de Bertolt Brecht: Von allen Werken, traducido habitualmente por De todos los objetos. En una poesía completa de Brecht que tengo en inglés decidieron traducirlo por Of all the works of man, ya que Werken implica la acción y el trabajo humanos, algo que el término «objeto» no recoge del todo en español.

Es un poema bellísimo, casi una oda anticapitalista a la memoria de nuestros enseres y su utilidad. Un poema enamorado también de las ruinas, edificios y monumentos carcomidos por el paso del tiempo. Comienza así:

De todos los objetos, los que más amo
son los usados.
Las perolas de cobre con abolladuras y los bordes achatados,
los cuchillos y tenedores con sus mangos de madera
desgastados por tantas manos: tales formas
me parecen las más nobles.

Lo más noble para Brecht no se identifica con lo más nuevo, con la mercancía estandarizada, repetida y renovada, brillante y lista para consumir, sino con aquellos objetos atravesados por el tiempo, por el trabajo humano y por el uso. Pero también por la densidad afectiva que contienen en sí. Como marxista es difícil no intuir la oposición entre valor de uso (Gebrauchswert) y valor de cambio (Tauschwert), incluso si no aparece directamente mencionada en el poema. Los objetos se convierten en preciosos porque han sido «puestos al servicio de muchos», y en tal medida han sido apreciados una y otra vez. Ese uso, cargado de humanidad y afecto, es lo que los ha pulido hasta transformarlos en objetos felices (glückliche Werke): no solo han cumplido con creces su cometido, sino que ahora albergan todo un mundo de memoria en su interior.

Es como si en los objetos se sedimentasen capas de experiencia, recuerdos de todo signo y mañanas luminosas: han sido testigos de diversos encuentros, de la atmósfera de un hogar e incluso se han convertido en un legado para otros a través de la generosidad. Pues amigas, amantes, hijos o nietas los han recibido o heredado, brindándoles una nueva vida. En estos días que no he dejado de empaquetar y guardar libros, ropa, zapatos, tazas y otros enseres, este poema repiqueteaba en mi mente mientras ordenaba algunos de los objetos para el viaje. Como el brasero eléctrico que me prestó Carolina: sin él no hubiese podido aguantar las noches de invierno en el Albaicín bajo. Este calefactor pequeño, redondo y rojizo, compuesto por varias resistencias, también secó la ropa de su hijo, Gabo, hace ya una década, cuando tan solo era un bebé. Ha superado la obsolescencia programada y su calor -su amor- ha seguido intacto hasta hoy.

Luego están los libros, como «Sobre Marx y marxismo» de Manuel Sacristán. Pensé que había traído mi copia, una edición de la editorial Icaria muy curtida por el uso, pero por algún azar la que cayó en la maleta fue la que heredé hace unos años de Jacobo Muñoz -poco después de su muerte-. Me ha servido mucho durante todo el año cuando he tenido que revisar apuntes y notas. Ojearla me retrotrae a momentos más juveniles, a conversaciones distendidas en La Carpa, en la madrileña plaza de Tirso de Molina. A sobremesas prolongadas no exentas de cierta fascinación y risas regadas por el vino. Estoy seguro de que a Jacobo su libro hoy le parecería un «objeto feliz» en mis manos, a punto de terminar un largo trabajo académico.

También hay otros objetos que ya estaban en la casa cuando llegué y cuyo origen desconozco. Como una taza con el dibujo impreso de unos cactus sonrientes. No sé a quién pertenecería, pero me ha animado todas las mañanas de trabajo, sirviendo de recipiente al té y al café con leche. De tanto usarla constituye ya un fragmento de un mundo que ahora va tocando a su fin, un mundo al que ha contribuido felizmente en la medida de sus pequeñas posibilidades. Hay más enseres que ya estaban allí antes de que yo pusiese un pie en la casa: platos, vasos, cubiertos, un viejo cazo. Todos ellos han presenciado desayunos, meriendas, cenas. Los míos y los de inquilinos anónimos que desconozco. ¿De cuántas escenas habrán sido testigos esos tenedores y cucharas? ¿Y los muros de la casa? ¿Cuántos llantos y lágrimas, cuánto goce vive como un eco o rescoldo debajo de su piel? ¿Qué quedará de mi paso por el luminoso salón y el pequeño balcón que sobrevuela Calderería Nueva?

Como decía más arriba, Granada es una ciudad de la que es imposible marcharse. Antonio Arias, compositor y bajista de Lagartija Nick, comentaba allá por el mes de mayo que uno puede tratar de huir de esta ciudad, pero al final siempre vuelve. Porque, según nos decía, además de ser todo más hermoso, es mejor y más barato. Mi amigo Pepe y yo, que asistíamos a su conferencia -él como presentador, yo como público- nos reímos ante estas declaraciones, que nos parecieron lo suficientemente persuasivas como para hacer de ellas una verdad. Lo que sí que es verdad, y de la buena, es que sin los paseos en compañía de Pepe mi experiencia de esta ciudad -por momentos onírica, por momentos difícil- hubiese sido muy diferente. Si he llegado a conocer barrios, bares, recodos, sendas y lugares especiales ha sido gracias a él. Desde el viejo camino de la acequia real hasta el mirador de San Cristobal y sus callejuelas. Y a través de conversaciones casi infinitas -perduran todavía-.

Granada es una ciudad que invierte los términos del poema de Brecht: lejos de ser objeto de nada, nos convierte a todos en objetos suyos, fragmentos parlantes que guardan y atesoran una parte de su inabarcable memoria: desde la Alhambra al Albaicín, repleto de cármenes. Y de sus patios, antaño huertos, hasta las cuevas del Sacromonte. Y toda esa serie de recuerdos y encuentros vibrantes, inoculados tras tantos paseos, poesía y locuras, nos impiden abandonarla sin más. ¿Y quién podría hacerlo definitivamente? Partir de Granada es en cierto sentido quedarse, ser habitado por ella hasta el tuétano. Con todo lo que ello conlleva. Ciudad del ensueño nazarí y de claroscuros excesivos: metrópoli de la precariedad, de la turistificación y de los excluidos -Almanjáyar continuamente golpeado-. Ciudad que busca la esperanza entre la basura y las flores: hasta pronto. Volveremos a vernos y recorreremos todas las calles que llevan desde la orilla del Darro hasta los cielos.

Mario Espinoza Pino

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