Merry Christmarx: postales navideñas desde el año de guerra y más allá

Yo soy el río que viaja en las riberas,
árbol o piedra seca

yo soy el río que viaja en las orillas,
puerta o corazón abierto


Javier Heraud, El río (1960)

Al igual que los constipados en invierno, las navidades son ineludibles. Siempre llegan puntuales a su cita. Aunque cada vez lo hagan más temprano. No ha terminado halloween y ya llega la navidad, confundiéndose en los stands de los supermercados el excedente de calabazas con las bolas para el árbol y el niño Jesús. A finales de octubre comienza el despliegue urbano de luces cegadoras correspondiente, para ser sucedido a toda velocidad por la colorida rueda del consumismo desaforado. En una época de crisis ecológica y climática como la que estamos atravesando, ambas cosas no dejan de gritarle a nuestra conciencia (además de a nuestro bolsillo). Aunque muchas veces lo hagan en sordina, eclipsadas por el peso de los ritos sociales y familiares. Si lo pensamos fríamente, las navidades neoliberales son bastante atroces: en buena medida son un empacho de mercancías e ilusiones fugaces construidas sobre cantidades ingentes de trabajo precario. Una orgía de inmediatez y despilfarro que siempre termina en montaña de residuos. En resumen: las navidades son la cosa más alejada de cualquier idea de sostenibilidad que podamos hacernos. También son una vorágine de la que resulta casi imposible sustraerse -sobre todo si uno convive con niños-.

Para no quedar como el cásico marxista aguafiestas -algo a lo que renuncio del todo-, he de decir que las navidades son fechas que siempre me han gustado. Sobre todo por la posibilidad de reencontrarme con mi familia más próxima y disfrutar de su compañía -estamos bien avenidos-. Lo cierto es que este año las cosas se han vuelto algo más complejas, pues tras casarnos Carolina y yo este otoño, las citas, comidas y reuniones se han multiplicado -con su pequeña dosis de estrés-. Sin embargo, el balance de este totum revolutum familiar ha sido bueno: más allá del ajetreo festivo de rigor, hemos podido disfrutar en común de todo tipo de charlas e intercambios, superando silencios o escollos en las conversaciones para arribar a terrenos en los que compartir y hasta aprender. Para un tipo como yo, que suelta peroratas y mítines en cuanto se siente interpelado -deformación filosófica, política y masculina- estas fechas siempre son una prueba. Pero sorprendentemente, al igual que las pasadas navidades, estas fiestas tampoco hubo mitin. Y si bien hubo algo parecido durante un momento, no fueron mías las palabras y además estuve de acuerdo con ellas (¿Qué me está pasando?). Lo veremos más adelante.

Probablemente pensábamos que este año nos daría algo de tregua respecto del anterior. Y aunque fuésemos escépticos y no nos lo creyésemos demasiado, al menos sentíamos que nos lo merecíamos después de una pandemia global que se prolonga prácticamente hasta hoy. Deseábamos dejar atrás lo peor de esa atmósfera gris, cargada de muerte e incertidumbre. Un poco más de luz. Porque 2021 también tuvo su buena dosis de contagios, restricciones y excepcionalidad -recordemos que comenzó con el asalto al capitolio de Estados Unidos por los seguidores de Donald Trump-. Pero como decía un célebre historiador, «la historia desconoce los verbos regulares» (E. P. Thompson). Así que de nuevo la antigua y a estas alturas manida maldición china volvió a brillar en los cielos de este 2022: «Ojalá te toque vivir tiempos interesantes». Esta vez no fue el dichoso virus, que también estuvo presente, sino la guerra.

Ucrania, mon amour

El conflicto bélico entre Rusia y Ucrania sacudió el mundo desde su estallido a finales de febrero. La esfera pública se polarizó enseguida, exigiendo posicionamientos absolutos y homogéneos. La verdad es que fue todo rapidísimo: noticias constantes, trending topics, columnas de opinión y el clásico aluvión de expertos y todólogos. Sólo una cosa estaba clara: estábamos en guerra. De repente se tildó cualquier análisis complejo de la coyuntura casi como de una concesión al enemigo ruso, sobre todo si involucraba a la OTAN en la ecuación. Y es que en tiempos de guerra no se piden evaluaciones críticas, lo que se demanda es el tono militar de la exhibición de armas y banderas. En este sentido, los mensajes de la prensa generalista y la televisión perdieron su carácter informativo para convertirse en propaganda, maximizando su impacto emocional en detrimento de cualquier reflexión o matiz. No olvidemos que en Europa se optó por censurar varios medios rusos, atacando el derecho informativo de la ciudadanía. O, dicho de un modo algo más cínico, restringiendo el terreno de la propaganda solo al de un bando.

Por supuesto, no hay nada que pueda justificar la invasión de Ucrania por parte de Putin. No hay ninguna razón o excusa que pueda amparar tal atrocidad. Pero a estas alturas resulta obvio que la pugna expansionista de la OTAN hacia el este ha tenido buena parte de responsabilidad en el estallido de la guerra. El conflicto que se juega en Ucrania no deja de ser una contienda imperial que enfrenta de fondo al bloque atlántico, liderado por USA, frente a una potencia aliada de China -un imperio ascendente con sus propios intereses y alianzas-. Europa participa, cómo no, subordinada al diktat yankee, sin una estrategia propia que le permita desmarcarse de la escalada o intervenir en ella de manera diferente. Lo grave es que el escenario bélico puede llegar a convertirse en una nueva Guerra Mundial que involucra potencias con armamento nuclear. Una de las cosas que más me sorprendió por parte de la Unión Europea fue comprobar el rápido descarte de cualquier vía diplomática o de mediación ante la guerra. El envío de armas a Ucrania pareció convertirse en la única estrategia posible para frenar a Rusia -en breve llegará una partida de armamento por valor 200 millones desde Francia-. También me ha resultado desconcertante el ardor belicista que ha inflamado a algunos intelectuales europeos -algunos admirados (Balibar), otros no (Zizek)-, quizá presa del temor o de la ceguera que provoca la realpolitik. Es importante recordarles que perpetuar una guerra o reforzar la OTAN no tendrá jamás nada de democratizador.

Como dice un buen camarada, «toda guerra siembra fascismo«, favorece el recrudecimiento de narrativas opresivas, supremacistas y extremistas a nivel global. Así que lo que cabe esperar de un conflicto bélico como este no es otra cosa que muerte, miseria, destrucción y el fortalecimiento de un capitalismo que oscila hacia la extrema derecha. Por supuesto, olvídense de cualquier contención de la crisis climática -se seguirá agravando-. Según la ONU y ACNUR los desplazados por la guerra sumarían ya en Ucrania la escalofriante cifra de 14 millones. Una barbaridad. En cualquier caso, no está de más hacer dos observaciones. La primera tiene que ver con la inmediatez de las noticias: así como la guerra se convirtió en el centro de todas las conversaciones y hasta en un parteaguas para la izquierda a mediados de año, su cronificación y normalización han hecho que se evapore progresivamente de la cotidianidad. Pero sigue ahí, como tantos otros conflictos de los que no se habla (Palestina, Yemen, Etiopía, etc..). La segunda observación tiene que ver con el eurocentrismo de la solidaridad europea: la espectacular política de acogida de la UE con el pueblo ucraniano, sin duda necesaria, brilló por su ausencia, por ejemplo, con la población Siria, un conflicto que ha dejado más de seis millones de refugiados. La blanquitud y la colonialidad siguen siendo unas líneas tan firmes en nuestras políticas públicas como las vallas de las fronteras que rodean Europa. Un territorio que se identifica cada vez más con una fortaleza, y cuyo régimen segregador y violento gusta de ocultarse bajo una pátina civilizatoria -recordemos la tragedia de Melilla, que sigue sin responsables-.

En cuanto a la cuestión de Ucrania, siempre he manifestado una postura antimilitarista. Así que dudo que a estas alturas pueda sorprender a alguien mi posición -muchas de las personas que admiro militaron en el MOC y la insumisión hace años-. Cuando miro a Ucrania solo puedo ver con consternación la víctima propiciatoria de una pugna inter-imperialista. Pero esa víctima es todo un pueblo. Frente al belicismo de cualquier pelaje, siempre he defendido el espíritu de Zimmerwald, aquella conferencia en la que la izquierda internacionalista se opuso a la Primera Guerra Mundial en 1915. Vale la pena reproducir lo que señalaba Trotski en aquel manifiesto, a un año del estallido de la conflagración: “Miseria y privaciones, desempleo y aumento del coste de la vida, enfermedades y epidemias, son los verdaderos resultados de la guerra. Por décadas los gastos de guerra absorberán lo mejor de las fuerzas de los pueblos comprometiendo la conquista de mejoras sociales y dificultando todo progreso”. Es dudoso que los resultados hoy vayan a ser muy diferentes. Pero si además tenemos en cuenta los efectos de la pandemia, su exasperación de la desigualdad global, y la crisis climática en la que estamos envueltos, el horizonte no deja de ensombrecerse. Y es que esta guerra es lo peor que podía sucedernos a todas y a todos. No deja de ser triste que haya habido tan pocas declaraciones contra la guerra en la esfera pública y en las instituciones -en las calles no hemos conseguido hacer suficiente ruido todavía-.

De conflicto en conflicto

La verdad es que la normalidad mediática de la guerra ha jugado en su contra estas navidades. Al menos en mi entorno: Ucrania casi no ha aparecido por las conversaciones. Es como si ya estuviese todo dicho y solo nos cupiese esperar lo peor de lo peor. De lo que si se ha hablado en nuestros encuentros familiares es de Perú, y de lo que ha sucedido tras la destitución de Pedro Castillo. Uno de los momentos estrella de estas fiestas fue la intervención de Óscar, mi padre, sobre lo que está sucediendo en su tierra. Sucedió la tarde de nochebuena, durante un momento navideño familiar bastante tradicional: las conversaciones que marcan la espera de los regalos del amigo invisible -casi siempre acompañadas por dulces y café-. Mi hermano Rony le preguntó a mi padre su opinión por lo que estaba pasando en Perú, a lo que mi padre respondió con tono triste e indignado. Mi padre, por cierto, es de Santa Rosa de Tambo, un pueblo de la provincia de Huaytará en el distrito peruano de Huancavelica. Una región rural de los Andes Centrales en la que la pobreza es un rasgo estructural. Como no puede ser de otro modo, su lectura estaba marcada por el abandono histórico de la sierra del que han hecho gala los gobiernos peruanos.

Antes de abordar el presente, los hechos que tuvieron lugar el 7 de diciembre y que acabaron con la presidencia de Castillo, mi padre nos regaló a mi hermano y a mí toda una historia de la República Peruana. Como si tuviese en la mente los Siete ensayos de José Carlos Mariátegui, el Amauta de Moquegua, Óscar sobrevoló la historia del Tawantinsuyu, la invasión y conquista hispánicas. Señaló la barbarie del Imperio español y cómo este había agostado la vida de una peruanidad posible con la destrucción de la sociedad incaica. Una peruanidad india y no colonizada. Rápidamente reconstruyó las diferencias económicas entre la costa y la sierra, las cuales datarían de la época de la independencia, movimiento profundamente criollo, consolidándose en la era del guano y del salitre. Todo ello configurará a la larga una sociedad dividida territorialmente, cuya impronta colonial se perpetuará con el desprecio del indio, el desarrollo económico costero y el abandono de la sierra y el sur. Para mi padre la sublevación popular que actualmente sacude Perú tiene que ver con un escenario histórico de enormes desigualdades, salpicado de racismo, corrupción y violencia.

A juicio de Óscar, lo que la prensa europea generalista denominó como el «autogolpe» Pedro Castillo, no habría sido más que una celada parlamentaria de las élites políticas criollas para destituirlo, una trampa que ha terminado con su suicidio político. Es difícil no verlo así. Por mucho que su polémico discurso del 7 de diciembre apelase a la creación de un gobierno de emergencia nacional y a la reforma del poder judicial con tintes de excepcionalidad, también llamaba a la convocatoria de elecciones para un Congreso con facultades constituyentes. El objetivo era elaborar una nueva Constitución. ¿Cómo hablar de golpe cuando ni las fuerzas armadas, ni los poderes mediáticos ni la oligarquía económica está detrás de tu estrategia? De hecho, lo que Castillo ha tenido que enfrentar desde que fue elegido como presidente legítimo de Perú ha sido todo una guerra cultural por parte de las élites criollas y la oligarquía limeña -siempre con la sombra del águila norteamericana sobrevolando-. Comenzando por el fallido intento de impugnación de las elecciones de 2021 por parte de Keiko Fujimori y continuando con el consabido terruqueo de los sectores conservadores.

Castillo fue abandonado por la mayoría de sus apoyos, incluida Dina Boluarte, que concurrió con él a elecciones para después ser proclamada presidenta de la República peruana por el Congreso. La llegada de Boluarte como sucesora presidencial ha supuesto un caos absoluto para el Perú. La mayoría del pueblo -especialmente las regiones más pobres- ha visto esta transición sucesoria como un gesto más de corrupción del Ejecutivo y el Estado, exigiendo la disolución del congreso y elecciones cuanto antes -también la libertad de Castillo-. La lucha popular ha inundado Cusco, Apurímac, Ayacucho, Puno, Cajamarca e incontables ciudades, cortando carreteras y manifestándose contra un mando oligárquico, criollo y corrupto. El gobierno de Boluarte ha dejado por ahora un trágico saldo de 28 muertos, incluidos niños, durante las confrontaciones del ejército contra los manifestantes. El nuevo gobierno, no reconocido por Colombia, Argentina, Bolivia y México, no ha hecho más que practicar más terruqueo contra los manifestantes -se les ha calificado de terroristas cuando no de mafiosos-, utilizando la represión como única respuesta. Por todo ello, muchas de las personas que se manifiestan no pueden entender la destitución de Castillo sino como un golpe de Estado en toda regla. La indignación ha prendido en el pueblo y no va a apagarse fácilmente. Mi deseo está en que la multitud consiga impulsar un proceso popular, democrático y constituyente que redistribuya la riqueza y reste poder a las élites blancas de siempre.

Eternos retornos (de lo político)

Aquella tardé del 24 de diciembre mi padre nos dio una lección de historia a mi hermano Rony y a mí. Creo que a ambos nos llenó de orgullo. Ha sido de las veces que más cerca me he sentido políticamente de mi papá. Mi hermano y yo seguimos hablando sobre la situación peruana de camino a una farmacia de la zona de Campamento en Aluche, pues Gabo, el pequeño de la casa, no conseguía aplacar su tos. Durante el paseo comentamos que ya era hora de que hubiese una movilización de este calado, que Perú era mucho más que Lima y las representaciones exóticas (léase racistas) que se hacen de la sierra, la tierra de mi padre. El día siguiente lo pasamos con la familia de Carolina, disfrutando de una sosegada sobremesa. También tuvimos algunas conversaciones en torno a Perú: la afinidad ideológica y el antimperialismo que gastamos los comensales nos hizo desear lo mejor a los manifestantes peruanos -si bien con cierta cautela, como Inés, la madre de Caro, que temía el apoyo yankee a las fuerzas gubernamentales-. Por otro lado, y ya cerrando el tema, es tremendo que los cuerpos policiales que han matado a 28 personas se hayan manifestado «por la paz» en Perú, un gesto inconstitucional que ha contado con el apoyo de la presidenta. Como ha dicho recientemente Sergio Sulca, alcalde de Cusco, paz y represión no pueden ser sinónimos. Y lo que está sucediendo en Perú es lo segundo con tintes cada vez más antidemocráticos y dictatoriales.

No importa que uno se lleve bien con su familia, muchos días seguidos de citas consecutivas pueden ser agotadores. Por eso decidimos pasar el fin de año con unas buenas amigas en Soria, buscando desconectar un poco del día a día navideño para meternos de lleno en los parajes de la Laguna Negra -¡Qué belleza!-. Nos dio tiempo a muchas cosas en solo dos días: comer bien, pasear por la naturaleza, agarrar la guitarra y cantar a coro, conversar de lo humano y lo divino, etc. Dentro de la categoría de «lo humano» siempre le llega al turno a la política -el eterno retorno de lo mismo, que diría aquel-. Recuerdo ahora la conversación que mantuvimos mi amiga Lidia y yo sobre lo que se nos viene encima en este año 2023. En fin, no es un secreto: elecciones generales, municipales y varias autonómicas. Ahí es nada. Nuestro tono no era el más halagüeño, sobre todo porque ambos hemos experimentado la política de partido en carnes propias. En este caso dentro de Podemos, partido en el que hemos militado y en el que seguimos conservando buenas amistades -algo que no es sencillo, dicho sea de paso-. Por desgracia, tal y como están las cosas, no veíamos una buena salida a las izquierdas sin la existencia de fuertes movilizaciones y generosidad en la esfera partidaria. Dos variables bien difíciles de conseguir. La primera requiere de mucho esfuerzo colectivo, y salvo excepciones -como la manifestación por la Sanidad Pública en Madrid y algunas huelgas potentes-, pasamos por un momento de cierta apatía en las calles. Toca reactivarse. Nos jugamos mucho.

En cuanto a la generosidad en el ala político de la izquierda, nuestro ánimo era más bien pesimista. La fragmentación y la correlación de debilidades entre partidos puede llevar a un juego de suma cero que, además de aburrir al votante, puede quitar esperanzas a quienes militan por cambiar el conservadurismo de la española. En fin, Lidia y yo veíamos a Sumar, la fuerza de Yolanda Díaz, Izquierda Unida y Podemos peleando hasta el último minuto para configurar listas y organizar una candidatura de unidad mínimamente presentable -esperemos que no-. También hay precedentes no demasiado buenos, como sucedió en Andalucía, así que más nos vale ponernos las pilas. Las elecciones generales pintan regular, pero el caso madrileño es para mí particularmente descorazonador. Con una izquierda cada vez más moderada, léase Más Madrid, y un Podemos atrincherado y débil, los resultados que anticipo no son demasiado buenos para desbancar al PP -ojalá me equivoque-. Tengo más esperanzas en la Comunidad que en el Ayuntamiento, donde las candidaturas me parecen verdaderamente flojas -por ejemplo, una de las candidatas quería solucionar los problemas de mi barrio, Lavapiés, con más policía y más policía-. En fin, en menos de una década hemos pasado de la ilusión y la militancia a votar instrumentalmente lo menos malo (o hacerlo con pinzas y el dedo en la nariz). Por suerte hay espacios de contrapoder en los que seguir contribuyendo para arrancar cambios e ir preparando un contraataque mayor. Aunque sin la presencia de formaciones políticas más radicales y amplias, dudo que podamos acometer una verdadera pugna contra el bloque conservador y la extrema derecha.

Podría detenerme en perfilar más nuestro intercambio de impresiones y profundizar en el análisis, pero lo dejaré para otro momento: no nos van a faltar oportunidades a lo largo del año. Me gustaría apuntar algo más, una cuestión que surgió en nuestras conversaciones de fin de año. Hablamos de la Guerra Civil, de esa España que, como decía Machado, ha de helarte el corazón, de la represión fascista y de nuestra relación con la memoria histórica. Carolina, nacida durante la dictadura Argentina, me hizo notar lo traumático de la memoria española incluso en generaciones nacidas en democracia. De algún modo, al igual que nuestros padres, somos «hijos de la dictadura». Y seguiremos siéndolo si no le ponemos remedio. De hecho, el régimen del 78 es un régimen continuista, en el que la democracia nunca llegó a la memoria. Solo recientemente lo está haciendo y todavía muy lejos de legislaciones como la Argentina, en la que memoria, justicia y democracia se encuentran anudadas. Aquí lo que está atado (y bien atado) es una Constitución muy limitada, el silencio sepulcral de varias décadas y una idea fúnebre de España. No habrá, por cierto, otras Españas o Repúblicas posibles sin memoria -no habrá porvenir-. Y esto es a lo que apuntaba Carolina. Más tarde o más temprano nos tocará medirnos con ello, desplazar la memoria, considerarla algo folclórico o de poco interés político es y ha sido un gran error por las generaciones más jóvenes. La legitimidad del conservadurismo, su posibilidad de invocar nostalgias imperiales y bravuconería viene de ahí, de no haber desenterrado el pasado y haber puesto nombre público a la barbarie. Es la impunidad la que les permite moverse como pez en el agua del autoritarismo y mantenernos desarmados.

Para terminar, no quisiera cerrar esta suerte de postal sin recordar que este año hemos ganado también algunas batallas importantes, como la de la Ley Trans -pienso en Maribel Torregrosa, Raffaela Corrales y Roberta Marrero mientras escribo-. Ver a tantas amigues contentes y sentir que se ha hecho justicia ha sido uno de los grandes momentos del año. Aunque siguen faltando las personas migrantes y también los derechos las compañeras Trabajadoras Sexuales -en fin, faltar, falta mucho-. Por otro lado, no ocultaré el placer de ver cómo algunas posiciones de la extrema derecha y el propio PSOE se han ido al basurero de la historia -donde siempre deberían haber estado-. No obstante, seguimos sin una Ley de Vivienda que regule los alquileres y genere más vivienda pública y social de calidad -movilizando vivienda vacía o generándola de forma asequible-. Seguimos participando en guerras que anticipan más crisis económicas y climáticas, y seguimos sin ponerle remedio por todas las vías de las que disponemos. Pese a la reforma laboral, con sus puntos positivos, la precariedad sigue campando a sus anchas por todo el territorio. Mientras tanto, los precios suben. Hay muchos motivos para movilizarse, para luchar y organizarse este 2023. Así que nos veremos, de nuevo, en las calles. Para terminar, decir que 2022 ha sido para mí todo un año de amor y aprendizaje, un año en el que he tenido que reinventarme a todos los niveles: me he casado, he escrito un libro de poemas y además estoy aprendiendo a ser algo parecido a un padre. Este año más, mucho más.

Y para cerrar -ya de verdad- os dejo con Brecht, que siempre nos invita a ponernos en acción:

Loa de la dialéctica

Con paso firme se pasea hoy la injusticia.
Los opresores se disponen a dominar otros diez mil años
más.
La violencia garantiza: «Todo seguirá igual.»
No se oye otra voz que la de los dominadores,
y en el mercado grita la explotación: «Ahora es cuando
empiezo.»
Y entre los oprimidos, muchos dicen ahora:
«Jamás se logrará lo que queremos».

Quien aún esté vivo no diga «jamás».
Lo firme no es firme.
Todo no seguirá igual.
Cuando hayan hablado los que dominan,
hablarán los dominados.
¿Quién puede atreverse a decir «jamás»?
¿De quién depende que siga la opresión? De nosotros.
¿De quién que se acabe? De nosotros también.
¡Que se levante aquel que está abatido!
¡Aquel que está perdido, que combata!
¿Quién podrá contener al que conoce su condición?
Pues los vencidos de hoy son los vencedores de mañana
y el jamás se convierte en hoy mismo.

Bertolt Brecht (1932). Traducción de Vicente Romano y Adaptación de Jesús López Pacheco.

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