El texto de José Luis Pardo, «Cabalgando contradicciones» en El Mundo, no deja de ser un bodrio intelectual con aires de sofisticación estética que viene a restaurar una vieja «verdad» conservadora: que la juventud que se manifiesta contra el genocidio está equivocada, tiene actitudes totalitarias y que su compromiso no sirve para nada. Tanta cita a Duchamp y Rauschenberg para esto. Obviamente se alinea con las derechas patrias, que insisten en criminalizar el activismo pro-palestino y al movimiento estudiantil siempre que tienen la más mínima oportunidad. Esta vez, además, hablando de supuestos daños inexistentes en la Universidad. Todo lo que ve es rechazo y nihilismo juvenil que no propone nada -viejo trauma que el autor arrastra desde el 68-, cosa que encima es mentira. No estaría de más detenerse a leer un poco las exigencias del movimiento. Que para eso se tiene una Cátedra -aunque tal vez se tenga para lo contrario-.

En cualquier caso, quien no cabalga contradicción alguna es José Luis Pardo. De hecho, su comportamiento ante cualquier coyuntura en que la sociedad española se ha movilizado buscando transformaciones democráticas o exigiendo justicia ha sido siempre el mismo. Continuamente se ha alineado con los elementos más conservadores de la política y la esfera cultural. Eso sí, vistiéndolo todo de gesto intelectual y estético que busca situarse, como la más tradicional de las filosofías, por encima de todxs y de todo. Las manifestaciones del «No a la guerra» y las movilizaciones populares posteriores al 11M le parecieron mal, todo polarizaba y dividía al pueblo en facciones irreconciliables. Durante la ola democratizadora del 15M, visiblemente irritado, comparó las acampadas del movimiento con supuestos brokers (sic.) que resucitaban el fantasma del comunismo. Ahora, con el movimiento que apoya a Palestina y exige el Boicot a Israel hace exactamente lo mismo. División, polarización, violencia. Mal.

Como intelectual vanguardista en lo estético, Pardo eligió el pensamiento de Deleuze como emblema cultural y marca de su magisterio universitario complutense. Aparentó así para mucha gente lo que no era. Aunque, todo hay que decirlo, creo que nunca lo ocultó: cuántas sesiones para «desactivar» la filosofía política del Anti-Edipo y Mil Mesetas. Sin embargo, en lo político, siempre optó por el mesotés aristotélico. El justo medio. O sea, UPyD. Es decir: la derecha histriónica de Rosa Díez. Y menuda derecha. Solo alguien con una brújula política tal podría decir que el gobierno del PSOE es una especie de «gobierno activista» en algo, copiándole los argumentos al Partido Popular: terrible la amnistía a los independentistas, un horror que no protegiese la Vuelta Ciclista y al equipo sionista que participaba. Las renovables también mal, y lo de no importar armas de Israel, en pleno genocidio, una falla para la seguridad nacional.

Lo que debería quedarnos claro es que ni el del PSOE es un gobierno activista -si actúa y de manera insuficiente es porque la calles lo obligan-, ni Pardo es un intelectual de izquierdas o progresista. Pero no deja de causar tristeza y desazón que use su tribuna para criminalizar a la juventud que se moviliza en medio de la mayor masacre del siglo XXI. El aroma a complicidad es terrible.

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