Democracia y antifascismo

Aunque ahora nos resulte lejano, hubo un momento en la historia de Europa en que los significantes “democracia” y “antifascismo” estuvieron estrechamente vinculados. Era otra época. Acababa de terminar la Segunda Gran Guerra, el fascismo había sido derrotado y el capitalismo -impulsado por las recetas keynesianas- se disponía a iniciar lo que sería su fase dorada: los Treinta Gloriosos. Realmente, el antifascismo fue un fenómeno de corta duración, se mantuvo firme desde 1933 hasta 1947 aproximadamente, un tramo histórico que se confunde con el ascenso de Hitler al poder, el conflicto bélico y la derrota de las fuerzas del Eje. Después llegaría la política de campos y la Guerra Fría. Sin embargo, durante ese período se consiguió algo inédito: aunar en un mismo bloque político dirigentes anticomunistas y conservadores, como Winston Churchill o Charles de Gaulle, junto con liberales, centristas y prácticamente todas las familias de la izquierda -desde los socialdemócratas a los comunistas de la URSS, liderados por Iósif Stalin-. Si bien las relaciones entre los Aliados nunca fueron idílicas, las diferencias eran patentes, la actitud de todos fue clara: defender la democracia y la civilización frente al fascismo.

Además de romper momentáneamente barreras ideológicas y nacionales, la victoria del antifascismo y los pactos sociales de la posguerra condicionaron la arquitectura institucional de los Estados y la economía política a nivel global. Por un lado, los vencedores tomaron nota de las consecuencias de la crisis económica del 29: su estallido fue un factor central en la emergencia y consolidación de los fascismos como fuerzas politicas de masas. Había que evitar un escenario similar. Por otro, las potencias capitalistas se vieron obligadas a contener la influencia del comunismo en el tablero mundial, un temor plausible debido al papel fundamental de la URSS en la Guerra Mundial -de hecho, aunque no hubiese un viraje hacia el comunismo, el antifascismo haría girar a muchos gobiernos hacia la izquierda-. Fruto de estos acuerdos y otras tensiones, los Estados del orbe capitalista decidieron hacer uso de su soberanía para intervenir en la economía, planificar inversiones públicas, asegurar el pleno empleo e implementar la cohesión social a través del Estado de bienestar -servicios públicos y seguridad social mediante-. Gracias al fuerte desarrollo tecnólogico-industrial y la vigorosa productividad del período, también se generó una pujante sociedad de consumo que, por vez primera, incluyó a amplias capas de la ciudadanía. La fortaleza salarial propiciaba el consumo de masas. La palabra clave fue crecimiento.