Crónica de una jornada electoral desde la periferia madrileña

Podrá decirse ahora lo que se quiera, pero la noche del día 3 de mayo había esperanza. Cierto palpito colectivo latía en el ambiente: las cosas podían cambiar en la Comunidad de Madrid. Ahora sabemos que aquellas intuiciones estaban infladas por las redes, las expectativas ante el tono cooperativo de la campaña electoral y la dichosa demoscopia. De hecho, el que escribe había mirado tropecientas encuestas y hasta elaborado una pequeña comparativa propia con las sumas del ala izquierda. La verdad es que había que echarle imaginación a los números para que diesen raspados. Pero ¿Y si sucedía? Entre mis amigas y amigos –que además saben de esto– nadie lo afirmaba tajantemente, pero muchos estábamos más o menos dispuestos a creérnoslo. Tal vez porque era justo. Porque la política de Ayuso en medio de la pandemia ha sido un verdadero desastre. O quizá porque veníamos lamiéndonos las heridas desde hace dos años, cuando el ciclo político madrileño entró en barrena. Y como comprenderán, nos hacía falta una alegría. En fin, qué se yo. El que quiera entender, que entienda.

La verdad es que uno se debatía entre las ganas de echar al trumpismo castizo de la asamblea de Madrid y el realismo político más crudo. No obstante, es importante hacerle caso a la máxima de que no es bueno contarse demasiados cuentos. Porque pocas cosas hay peores en política que el autoengaño –también en la vida–. Pero, en fin, estábamos en medio de una campaña electoral ¿Y qué campaña no tiene mucho de cuento o de relato? Así que hay que avanzar entre el deseo y la realidad –perdiendo el pie a veces de un lado o de otro–. En mi caso, tras mucho tiempo sin animarme, me decidí a echar una mano en el colegio electoral como apoderado de Unidas Podemos. Una buena oportunidad para encontrarme con viejos amigos y retomar conversaciones truncadas por virus y cierres perimetrales. Así que en medio del fragor de las urnas, los reencuentros con militantes de distintos partidos, los índices de participación y el mal de ojo del contrincante, uno estaba bastante dispuesto a dejarse seducir por el ambiente y muy tentado de ver posibilidades.

La verdad es que mi presencia en Podemos –más tarde Unidas Podemos– ha sido siempre muy crítica. Hasta disruptiva. De hecho, confío muchísimo más en la política que se hace fuera de las instituciones –en los movimientos sociales, por ponerle un rótulo general– que en la lógica de los partidos y el teatro de la representación parlamentaria. Sin embargo, el ámbito institucional es un escenario fundamental. Uno se juega mucho allí. Quizá si hubiese un partido como aquel que pergeñaba Gramsci, con tanta cadencia social como política… por soñar un poco que no quede. Lo cierto es que con el ascenso de la extrema derecha y el ayusismo desbocado, entendí que acudir como apoderado al colegio electoral era un buen modo de medir al adversario y tomar el pulso a las izquierdas. Realmente lo que quería era echar una mano de algún modo, así que trabajé mi media jornada matutina y fui a por mi acreditación a la plaza del pueblo. Allí, entre conversaciones sobre viejas luchas fraccionales, un buen amigo me hizo entrega del libreto, la acreditación y el distintivo de apoderado. Un kit ahora acompañado por una FFP2 morada muy chic.

Mañana

Antes de partir al colegio Ventura Rodríguez, mi antigua escuela de EGB – uno ya tiene sus años–, mi amigo y yo hicimos un balance del ciclo 2015 – 2019. Me refiero a aquello del municipalismo y el “asalto institucional” –expresión que Podemos encontró para hablar de hacer política de partido en 2014 y conquistar posiciones en el Estado–. Como mucha otra gente, ninguno de los dos sabía que Pablo Iglesias dimitiría tras las elecciones, y que la manida expresión “fin de ciclo” acabaría tomando cuerpo en prime time a 10 años del 15M. Lo bueno de aquella charla con mi compañero – militante de Podemos y de tantas cosas más– es que nuestra sintonía era muy similar: ambos echábamos en falta un cierre adecuado de la aventura institucional. Un balance errores, daños y aciertos. Había necesidad de reencuentro colectivo, de limar asperezas y de enterrar viejas cuitas y resentimientos. Coqueteamos brevemente con la necesidad de un encuentro o una reunión amplia en la que discutir de todo lo que nos había pasado. Y ahí quedaron las cosas.

Aunque la atmósfera era aparentemente tranquila, en el colegio electoral se palpaba cierta tensión en el ambiente. Una tensión ambivalente y mayor de lo habitual. Una cola larga pero fluida se interponía entre los votantes y las urnas. Después de diez minutos esperando entré y fui directamente a votar. No sin antes recibir una mascarilla extra por si acaso. En la mesa electoral me encontré a mi vecina, migrante de la misma tierra que mi padre –Perú–, a un vecino del barrio de toda la vida –bien majo y de izquierdas para más señas– y a una chica joven que ya me había encontrado en la mesa en las elecciones previas. De origen dominicano, también tenía un talante progresista. En fin, era la mesa perfecta para contar votos. Tras votar y ver que nos conocíamos todos, hicimos algún chascarrillo sobre el peñazo del recuento y busqué a los militantes de los partidos de izquierdas para compartir impresiones. Sólo estaba la militancia del PSOE. En un tono muchísimo más amable que en otras ocasiones –las elecciones locales son toda una batalla en el pueblo–, hicimos muy buenas migas y estuvimos juntos hasta el cierre.

Me contaron que una apoderada de VOX, el neofranquismo de Monasterios y Abascales, había intentado imponer un criterio de colocación de papeletas por la mañana. Fue tan borde e irrespetuosa que una militante clásica del PSOE de mi pueblo tuvo que ponerle límites. Yo también tuve algunas con ellos en 2019, por su insistente trasiego con las papeletas sin hablar con la mesa electoral –deben ser ellos quienes las manipulen, no los apoderados–. En este caso, al final todos los partidos acordaron que el criterio de las papeletas fuese el de la Junta Electoral. En fin, está claro que lo de esta gente no son las formas. Por lo demás, los bloques eran nítidos en la sala: VOX y PP a un lado, con indumentarias muy similares. PSOE y Unidas Podemos –yo mismo, no me acompañaba nadie más– al otro. Más Madrid apareció a última hora de la noche. Luego una apoderada de Ciudadanos iba y venía, charlaba un poco con la gente y desaparecía. Al final de la noche, tras la petición de actas y el recuento, la desaparición sería completa.

Tarde

Cuando uno está en la sala revisando papeletas, aclarando alguna duda a quien viene a votar o hablando con los compañeros –vía móvil o directamente–, lo que rompe las rutinas son las noticias. Los adelantos de participación del mediodía y los de la tarde. Pues bien, el aumento de participación fue enorme: más de dos puntos a medio día, once y medio a las siete de la tarde. En nuestro bando cada dato de participación era visto como una posibilidad de triunfo. Además de compartir chistes sobre Ayuso y criticar el discurso de la extrema derecha, hacíamos cábalas sobre los aumentos y los territorios. Demasiado en el norte, comentábamos. Sobre todo en Madrid ciudad, donde los barrios ricos aparecían hipermovilizados. Pero bueno, pensábamos ingenuos que el voto del sur serviría de contrapeso. Porque ya se sabe, nuestra comunidad en realidad son dos, Madrid rico, Madrid pobre. Pero este Madrid conservador con islas radicales también se abstiene –con mejores o peores razones–. Al final votó un 76’5% de la población.

Estaba claro que las elecciones estaban fuertemente polarizadas. Que los bloques de la izquierda y la derecha se movilizarían y mucho. Entre el primer y segundo avance de participación llegamos a tontear con la posibilidad de llegar a los 69 escaños necesarios para ganar. La verdad es que el tono con el PSOE era tan bueno que parecíamos un equipo. Aunque nada más lejos de la realidad en términos políticos: el que aquí escribe no ha dejado de criticar sus políticas desde hace muchos años. Son varias burbujas inmobiliarias, procesos de desindustrialización, la modificación del artículo 135 de la Constitución, reformas laborales y demasiadas políticas de gestos. Por no hablar de la gestión asesina de las fronteras. Son el régimen del 78, su cara progre, pero poco más. Eso sí, cuentan con una militancia que vive su cultura política con mucha dignidad –una cultura que se funde con el Estado en algunas autonomías–. Y bueno, en fin, en el pueblo nos conocemos todos y hasta nos llevamos medio bien. No son Marlaska o personajes como Ábalos.

De haber ganado las izquierdas, el gobierno hubiese estado atravesado por muchas contradicciones. Hubiésemos tenido que montar un verdadero pollo en las calles para aprobar una regulación de los alquileres o tener un Ley de Vivienda digna. O para hacer que el PSOE dejase de hacer políticas de derechas –ya se sabe que el PSOE madrileño tiene mucho de conservador por su impronta capitalina–. Pero vamos, que no hubiese estado mal un contexto así. Hubiésemos respirado un poco. Tal vez no demasiado. Pero sí algo. Los más puristas dirán que es muy difícil combatir el neoliberalismo con más neoliberalismo aunque sea progre. Ya. Pero vamos, la cosa no va de eso. Sino de favorecer contextos donde las luchas sociales puedan tener mayor calado y autonomía. Y más en un ambiente tan autoritario. Bueno, va de eso y de abrir la brecha cada vez más para que pasen cosas mucho más interesantes –acontecimientos que cuestionan lo dado–. Pero bueno, no ser conscientes de los límites es absurdo. Lo dicho: contarse cuentos o hacerse demasiadas ilusiones en el ámbito de la representación no es una buena idea en tiempos como estos.

Noche

Entre la tarde y la noche vino un compañero de Unidas Podemos a verme al colegio electoral. El personal de mantenimiento y limpieza, dos chavales de veintipocos años, pasaban la mopa constantemente por el suelo del gimnasio –sede improvisada para la fiesta de la democracia–. Mi colega temía que no hubiese nadie en el colegio. Pero la falta de coordinación –un signo de época, me temo– propició una breve charla sobre el estado de la izquierda en el pueblo y Madrid: hecha unos zorros. No obstante, mi camarada, que siempre busca ser compositivo y pragmático, rescataba la necesidad de observar bien qué era lo que funcionaba electoralmente para saber “en que estado nos encontrábamos”. Un termómetro para un nuevo punto de partida, pues a lo que apuntaba es a un nuevo ciclo. Eso quedaría claro para Unidas Podemos al final de la noche, también para Más Madrid, claros vencedores a la izquierda. Pero ¿Qué pasaba con la imperiosa necesidad de autoorganización y movilizaciones que necesitamos como agua de mayo? De eso hablamos poco, quizá porque somos de distintas tradiciones. De esto último si hablé con un amigo de militancia antifa que pasó por allí, un abstencionista convencido que había brindado su voto a una persona migrante que no podía votar por la Ley de Extranjería. Volvió a salir el tema de la necesidad de reunirnos.

Un rato antes del recuento, una vecina militante del PSOE y yo no dejamos de salir, algo inquietos, a la entrada del colegio. Esperábamos que hubiese algo más de participación. Entretanto un buen amigo me llamó desde Granada, preguntándome un poco por la situación. A pesar de presentir ya lo que estaba por venir –demasiada confianza por parte de los apoderados de la derecha–, le conté que aún albergaba algo de esperanza. Como buen sociólogo y amigo, me dijo que la cosa era casi imposible, pero me mandaba todo el ánimo del mundo. Cuando empezó el recuento me acordé de él: uso la expresión “va a barrer Ayuso”. Y así fue. En mi mesa 138 votos para el PP y 26 para Unidas Podemos. Más Madrid sacó veinte menos que el PSOE –que rondaba los 83–. Y encima VOX subió en mi mesa. Por suerte, no en la media del voto ni en exceso en las otras mesas, donde Unidas Podemos tuvo mejor suerte. La tranquilidad y satisfacción de la derecha, tras la muerte de miles de personas en residencias y una sanidad devastada, no deja de resultar tremenda cuando se la ve de cerca. Aguanté el tipo, fui amable y me dediqué a recoger actas. La gente del PSOE estaba visiblemente triste. Otra creo que sabía lo que se les venía encima. Algo asustados, los chavales de la limpieza me mostraron su preocupación por la subida de VOX. Les invité a organizarse –uno hace lo que puede–.

Volví a casa dando un paseo, ya pasado el toque de queda, mientras miraba los resultados por si había alguna variación. Ninguna. El PP había barrido. No me apetecía nada dejarme atrapar por una inercia derrotista a pesar de los resultados. Además el día había traído buenos encuentros. Y además pienso que revolcarse en el fango o empeñarse en trifulcas cainitas es de lo peor que se puede hacer cuando uno pierde. Tampoco es cuestión de pasarse al otro bando: tras la dimisión de Pablo Iglesias, todo son hagiografías. Y lo cierto es que si bien tuvo coraje en lanzar Podemos, un proyecto que impulsó gracias a militantes de otras tendencias de izquierda, también la debacle madrileña tiene mucho que ver con su forma de entender un partido político: de manera cesarista y unilateral. Háganme caso, conozco algo Madrid y Podemos –fui cargo de su antigua ejecutiva autonómica, seguro que con más errores que aciertos–. En cualquier caso, y a pesar del bajón del día, creo que no hay motivos para dejarse atrapar por la desesperación. El voto de la derecha ha crecido, no hay duda, se han movilizado. Las izquierdas han perdido, el PSOE ha dividido su voto entre Más Madrid y Unidas Podemos –seguro que también se ha desviado algo hacia el PP–. Ciudadanos ha desaparecido del paisaje madrileño.

VOX parece haber tocado techo, dudo que pueda crecer mucho más, aunque su discurso y sus acciones pueden hacer mucho daño. Sobre todo porque animan las acciones de todo el fascismo de calle, que ahora se siente más protegido al tener altavoces mediáticos. A 10 años del 15M la restauración parece completa: el bloque de derechas, más neocon que neofascista, se ha recompuesto gracias al aguirrismo trumpista de Ayuso. Tiene manga ancha para implementar medidas antisociales gracias a VOX, e incluso puede jugar a hacerse pasar por una política algo más moderada que ellos. Las izquierdas de Unidas Podemos y Más Madrid, que han subido en escaños, pueden seguir dando batalla durante estos dos años, les tocará afianzarse e intentar hacer valer sus programas desde la oposición. La dimisión de Iglesias deja a Unidas Podemos a la deriva, mientras Mónica García aparece como favorita de los electores y los medios –le han hecho la campaña–, con un perfil mucho más fresco y moderado. Paradojas de la vida: Errejón ha tenido que quitarse de en medio para ganar en Madrid. Siguiendo el hilo de Carmena, cabe esperar que el perfil de esta formación en las instituciones sea mucho más gobernista, y ese es su riesgo: ser el relevo del PSOE y no atacar el poder de las élites madrileñas –recordemos la Operación Chamartín–.

Por otro lado, está claro que las izquierdas en Madrid sólo pueden ganar con un clima muy movilizado, para lo cual no bastan las campañas electorales. Lo sucedido en años anteriores ha sido excepcional frente a la tónica general, y ha debido mucho a la emergencia del 15M y las luchas sociales que precedieron a Podemos. Lo que está claro es que sin organización social no hay política que valga la pena. Es ahí donde radica la verdadera creatividad, desde donde pueden forzarse las costuras del Estado y la sociedad para crear otros horizontes. Sin una dinámica virtuosa en el plano institucional y en el de movimiento, Madrid estará vedada para que de frutos cualquier tentativa de asalto institucional. Y frutos son políticas que favorezcan a la mayoría social de esta Comunidad rota y dividida por la desigualdad, por la destrucción de sus servicios públicos. Hoy mi hermano pequeño, que es enfermero, comentaba en el chat familiar que no daba crédito, después de todo lo que han pasado en los hospitales y de tantas vidas. Se entiende la rabia y el momento depresivo. Pero hay mucho por hacer. Y nos necesitamos en común.

Mario Espinoza Pino

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