Rumores de mayo: el 15M y la década de lo posible

Todo es posible cuando se desborda y rehace un recuento la memoria:
imprevistas alquimias, peldaños que chirrían, cajones clausurados y carruajes en marcha.
Sorprendente inventario en el que testimonian hasta las puertas sin abrir.
Hoy, mañana o ayer, nunca ningún refugio donde permanecer inalterable
entre la llama y el carbón.

Olga Orozco, Andante en tres tiempos

Nada de lo que construisteis ha perdurado
Cualquier sistema que montéis sin nosotros
será derribado.

Leonard Cohen, La energía de los esclavos

El 15M ha sido definido de muchas maneras. Movimiento, acontecimiento, revuelta. Pero antes que nada fue una brecha. Una ruptura súbita del orden y el tiempo acostumbrados: los de la cotidianidad neoliberal y los relatos dominantes sobre los que se sustentaban nuestras vidas. Fue una intuición colectiva que irrumpió en las plazas y fue tomando cuerpo poco a poco, imaginando un horizonte propio y una apuesta política que parecía no caber en el mundo que habitábamos. Un mundo en crisis. La potencia de aquel acontecimiento, que comenzó como una manifestación en varias ciudades del Estado, debe medirse por su vigor como línea divisoria: hoy podemos hablar de un antes y un después de aquel quince de mayo. Había una sociedad previa, cimentada sobre unos consensos políticos, unos relatos fundacionales, una serie de voces autorizadas y un ascensor social cada vez más estropeado. Si la crisis de 2008 fue el cataclismo económico que sacudió las estructuras del país, el movimiento de los indignados fue la crítica radical que supo visibilizar todo lo que estaba podrido en el Estado español. Pero también fue una praxis que quiso imaginar que se podía vivir en común de otra manera.

Pese a su enorme singularidad, el 15M perteneció a un arco mucho más amplio de protestas, una ola de carácter internacional. El suicidio de Mohamed Bouazizi en Sidi Bouzid a finales de 2010 marca el nacimiento de la Primavera Árabe, que se extenderá desde Túnez a Egipto, Siria, Libia, Argelia, Omán y Bahréin. Si bien desde contextos sociales y políticos diferentes, los gritos de Dégage! (¡Lárgate!) en Túnez tuvieron su equivalente hispano en el ¡Que se vayan todos! De hecho, la práctica de la ocupación de plazas y lugares públicos debe su inspiración a conflictos tan emblemáticos como los de Plaza Tahrir en Egipto. La pugna multitudinaria de las primaveras árabes hizo que la palabra democracia resonase a ambas orillas del Mediterráneo. Pero mientras que en El Cairo se luchaba por derrocar el gobierno de Mubarak, en Madrid, Sevilla o Barcelona las protestas trataban de frenar las medidas de austeridad impuestas por el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el Fondo Monetario Internacional —la funesta Troika—. Medidas que la población griega ya había comenzado a combatir en mayo de 2010 en Plaza Syntagma.

Pero hagamos memoria. Recordemos el contexto de aquel quince de mayo. Engrasada con toneladas de cemento, especulación y corrupción, la última burbuja inmobiliaria (1997–2007) había dejado una enorme resaca económica. Los políticos de turno culparon a la sociedad de aquel desastroso fin de fiesta. El discurso oficial en el PSOE y el PP fue que los españoles “habían vivido por encima de sus posibilidades”. Así que ahora debían pagar los platos rotos. Mientras tanto, un profundo malestar recorría la sociedad. Primero llegaron los rescates a la banca con dinero público. Después la reforma laboral del PSOE en 2010. Por último el anuncio de una batería de medidas de “ajuste” en el gasto público, medidas más popularmente conocidas como recortes. La tensión crecía en las calles. Como una erupción, el 15M estalló la primavera de 2011, abriendo una brecha en aquella normalidad. ¿Qué era lo que podía verse a través de aquella abertura? Que la sociedad no era responsable de los desmanes de quienes la gobernaban. Que políticos y banqueros eran los verdaderos culpables de la crisis —¡No es una crisis, es una estafa!—. Que la política existente no representaba a la gente común —¡No nos representan!—. Y que a aquel sistema corrupto y autoritario no podía llamársele democracia —¡Lo llaman democracia y no lo es!—.

Como movimiento popular y masivo, el 15M fue capaz de operar una inversión radical del discurso que políticos y medios generalistas trataban de difundir sobre la crisis.

Como movimiento popular y masivo, el 15M fue capaz de operar una inversión radical del discurso que políticos y medios generalistas trataban de difundir sobre la crisis. Además de dotarse de una infoesfera autónoma en redes sociales y blogs, el movimiento rompió con la atomización y el individualismo neoliberal al ocupar masivamente las plazas. Todo ello permitió la constitución de un mundo y un tiempo propios en ciudades y pueblos. Un tiempo que hizo su diferencia a través de la expresión colectiva, la creación política y la deliberación pública —online y offline—. Se trataba de buscar e imaginar alternativas a un presente bloqueado por el bipartidismo (PPSOE) y la crisis económica. Súbitamente, se produjo una profunda deslegitimación de lo que más tarde vendría a denominarse como El régimen del 78 y la Cultura de la Transición —término acuñado por el periodista Guillem Martínez—. El movimiento construyó un relato muy diferente del acostumbrado sobre la Transición democrática —un animal sagrado hasta entonces—. Así, la crítica del presente del 15M generó también una crítica radical del pasado, haciendo aflorar una genealogía de la democracia española que mostraba cómo su origen, elevado a mito fundacional en los años 80, era al mismo tiempo una trampa y un obstáculo para que las clases populares desplegasen su poder.

Asambleas, democracia, tendencias

El movimiento visibilizó su fuerza ocupando el espacio público, acampando, resistiendo pacíficamente a la violencia policial y creando improvisadas ágoras para organizarse y tomar decisiones colectivas. La asamblea fue el espacio político central del 15M, su forma de organización básica y figura más característica. Todas las ciudades tuvieron sus enclaves de reunión, pero el más icónico fue Acampada Sol, un campamento que duró casi un mes en el corazón de Madrid: una marea de tiendas, carteles y pancartas que también lo fue de comisiones y grupos de trabajo muy variados —desde política a espiritualidad—. Durante las primeras jornadas, multitudinarias comisiones se reunieron en la plaza o en sus alrededores —algo similar sucedía en las demás ciudades—. Las calles se llenaron de una multitud que cuestionaba el presente y se negaba asumir las políticas de recortes del gobierno —en aquel momento liderado por el PSOE—. Aquellas plazas fueron toda una escuela de politización, y en ellas se quiso hacer coincidir el significante política con los de democracia y participación —siempre pensados fuera de partidos e instituciones—. En las asambleas aparentemente cualquiera podía tomar la palabra, las dinámicas buscaban la horizontalidad y la toma de decisiones era consensuada.

La ideología del movimiento siempre tuvo un claro carácter de defensa de lo público, sostuvo una crítica vehemente del sistema de partidos y denunció a todos los responsables de la crisis: desde los políticos e instituciones bancarias nacionales hasta las europeas. Más allá de su ciudadanismo inicial —que nunca abandonaría del todo—, pronto fue obvio que bajo del 15M latían múltiples tradiciones emancipatorias: anarquismo, diversas familias de la izquierda radical, movimientos sociales, ciberactivistas, socialdemócratas y jóvenes progresistas descontentos. Esta mezcla que reunía a la “gente común” con una miríada de militantes, permitió la difusión y aprendizaje de repertorios activistas que habían estado presentes en otras olas de movilizaciones —el movimiento antiglobalización, Seattle, Génova o el No a la Guerra, tal y como señalan Emanuele Cozzo y Pablo Lópiz—. El resultado de este agregado de sensibilidades fue un “sentido común” democratista, igualitarista y crítico con los liderazgos y el concepto de representación. No obstante, como veremos a continuación, aquella crítica tuvo diferentes acepciones en el movimiento.

El 15M y su asamblearismo funcionaron como un laboratorio lleno de imaginación política. Algunas tendencias del movimiento pretendían repensarlo todo, reinventar una democracia más participativa que disolviese las distancias entre gobernantes y gobernados. Otros sectores, de orden más conservador, entendían que la crisis de representación podría resolverse con unos nuevos representantes más acordes con las demandas colectivas que las acampadas habían visibilizado. Simplificando mucho, es lo que vino a denominarse como la tensión entre las dos almas del 15M: una radical y otra reformista. Estas dos polaridades coexistían en un sujeto político que tuvo como protagonistas a una generación que rondaba entre los 25 y 35 años por aquel entonces, hijos e hijas de las clases medias de la transición. Como ha señalado Emmanuel Rodríguez, la composición central de aquel movimiento era de clase media —una clase media cada vez más precarizada—. Esos límites de clase condicionaron la capacidad de innovación del movimiento a la larga. Aunque fue también ese origen el que garantizó su popularidad: durante varios años las demandas del 15M gozaron de mucha aceptación pública. A ojos de la mayoría, no era justo que la generación “más preparada de la historia” se ahogase en la precariedad.

Tras el abandono de Sol y los enclaves más centrales de las ciudades, el movimiento se expandió por todo el territorio del Estado, creando asambleas en pueblos, ciudades medianas y barrios. El 15M buscaba capilarizarse y responder a los problemas más inmediatos de la ciudadanía. Ello hizo que la crisis, que seguía azotando la sociedad española, no pudiera derechizarse en ningún momento —se evitó una guerra entre pobres—. Muchas asambleas se arraigaron a los conflictos más vivos en sus calles o vecindades, como la problemática de los desahucios, ingresando en las filas de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) —el experimento de sindicalismo social más exitoso de toda la ola—. Aquellas asambleas también formaron parte de la lucha de las Mareas, un movimiento por la defensa de los servicios públicos —principalmente educación y sanidad, aunque no sólo— que vinculaba a activistas, sindicatos, usuarios y trabajadores. No obstante, y tras algunos eventos que coquetearon con la insurrección, como la convocatoria de Rodea el congreso en 2012, el movimiento se atascó en unas formas que no le permitían acometer transformaciones más profundas en la vida pública. El nacimiento de Podemos en 2014 funcionará como catalizador institucional de buena parte del malestar y los anhelos del movimiento.

La cuestión del poder, el partido y sus límites

Con el paso de los años, el asamblearismo mostró diversos problemas. Aunque las asambleas pretendían ser horizontales y radicalmente democráticas —con sus turnos de palabra, sus actas y rotaciones de roles—, ni todo el mundo podía ser activista a tiempo completo, ni estaba claro que la igualdad de la palabra fuese algo más que un rótulo. La gente que participaba tenía destrezas diversas, un capital cultural y militante muy desigual, lo que tendía a dejar la toma de decisiones en las élites de activistas con más tiempo libre y un sólido know how en dinamización y organización. Conviene recordar, tal y como hace José Luis Moreno Pestaña en Retorno a Atenas, que el summum de la democracia para el movimiento fue visto como un dispositivo aristocrático ya por los griegos. Un espacio sujeto al sectarismo y al mercadeo entre élites si carecía de contrapesos. El cierre progresivo debilitó la participación de los sectores más amateurs. Por otro lado, el riesgo de que no existiese cierto vanguardismo activista podía hacer decaer las asambleas en un constante expresivismo, ya fuese del malestar o de la celebración del encuentro. Algo sin duda importante, pero con escaso recorrido político. Una difícil cuestión de equilibrios.

Las contradicciones entre entre apertura y cierre del movimiento fueron constantes. Y con el paso de los años este comenzó a replegarse y a mostrar un agotamiento de fórmulas y alcance. La llegada de Podemos ofreció una respuesta en parte externa e interna al movimiento. Externa porque fue una herramienta política construida por fuera de las asambleas, pero interna porque no sólo respondía a cuestiones que muchos de sus integrantes se planteaban, sino porque parte de quienes la lanzaron habían participado en el 15M. El movimiento de las plazas no tuvo la oportunidad de reflexionar demasiado sobre la cuestión del partido y el regreso al terreno de la representación, sobre cómo generar un dispositivo que —al decir de Jodi Dean— mantuviese abierta la brecha de la crítica del presente y al mismo tiempo el deseo de la multitud por la transformación. El movimiento se dotó de algunas instituciones —Centros Sociales, apuestas de sindicalismo social— pero no fue capaz de escalar su potencia transformadora. Podemos cogió el testigo y provocó un clima muy similar al del movimiento entre 2014 y 2015, si bien con una apuesta política articulada en torno a liderazgos —la mayoría de la generación 15M— pero con una articulación que no dejaba de recordar al 15M —asambleas de Círculos por todo el Estado—.

Como hemos señalado, Podemos no fue una traducción directa del 15M, fue más bien el catalizador de un proceso político en ciernes, y su llegada abrió la posibilidad de romper —como se dijo en aquella época— el “candado de las instituciones”. Lo rompió en 2015, pero por el camino y en adelante fue desgastando una base política llena de Círculos —muchos de ellos compuestos por asambleas del 15M— para convertir el partido en una máquina meramente electoral. Fueron los comienzos del verticalismo impuesto por Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, que más adelante entrarían en una dura confrontación por el poder del aparato. Una pugna en la que Anticapitalistas, cofundadores del proyecto, también tendrían un importante papel junto con otras sensibilidades políticas de movimiento —siempre subordinadas, eso sí, a las batallas del pablismo y el errejonismo—. Con la eliminación de Anticapitalistas y Errejón —que fundará Más País en 2019—, Iglesias ejerció un cesarismo absoluto sobre el partido. Medidas como la introducción del sorteo y la rotación, hubiesen evitado el triunfo de la cultura de guerra entre facciones y el fetichismo político que esta lleva aparejada. El desarrollo de sus bases y otros contrapoderes hubiesen mantenido a Podemos abierto. Su gran fracaso está en no haberse convertido en la “casa de la izquierda” que pudo llegar a ser.

Impulsado por la estela de Podemos, el movimiento municipalista mantuvo un perfil distinto al de Podemos en sus compases iniciales. Aunque su declive a lo largo de la década será muy similar al de Unidas Podemos —la fusión de Izquierda Unida y Podemos—. Si el ambiente inicial de los Círculos de Podemos tenía un aire de familia con el del 15M, las asambleas municipalistas parecían casi su maduración natural. No lo fueron del todo, pero en su composición, sus formas de construcción de acuerdos y programas mostraron más continuidad con el movimiento. Su arraigo al territorio invitaba a la participación de partidos, movimientos, asociaciones y ciudadanía en general. Se crearon medidas ambiciosas para transformar pueblos y ciudades, un modo distinto de aproximarse a la ciudadanía —mucho más a la izquierda que los partidos tradicionales—. Pero la lógica institucional, la ausencia de organización política y la dependencia de una variable superior — Unidas Podemos—, hicieron que la mayoría de aventuras municipalistas se truncasen en 2019. Esa falta de “partido” o de “organización” separó a los militantes de las candidaturas de los movimientos y los conflictos, dejándolos sin aliados y bloqueados por los obstáculos de la administración municipal.

Memoria y relato: sobre lo posible

Los años que van de 2011 a 2021 cierran lo que podríamos denominar como la década de lo posible. Años sin descanso, cuya densidad pesa mucho más que la de los años habituales. Años que sacudieron los relatos políticos sagrados que nos precedían, que agitaron la sociedad y devolvieron la palabra al común —aunque sólo fuese durante un tiempo—. El clima generado por el 15M disolvía las formas estancadas de la realidad, su grisura neoliberal, invitándonos a adentrarnos en un terreno desconocido con otras y otros. Era el terreno de una politización salvaje, de una experimentación colectiva que logró horadar los muros del presente y nos regaló una utopía bajo el nombre de democracia —la democracia del común, la democracia radical—. Muchas y muchos la perseguimos. Y durante algunos años, con lucha y perseverancia, el tiempo pareció darnos algo de razón. Pero la razón, ya se sabe, nunca es suficiente para cambiarlo todo —y ese fue uno los grandes anhelos del 15M, transformarlo todo desde la base—. Hacía falta también organización, elevar los terrenos de disputa política y además no perder el pie en los barrios y en las calles de nuestros pueblos y ciudades. Demasiado incluso para la mal llamada “generación más preparada de la historia”. Generación de precarios y precarias es más adecuado.

El 15M tuvo muchos límites. Algunos han sido mencionados, otros no. El 15M fue, como dijimos, un movimiento en el que una clase media con credenciales académicas fue dominante. Su fuerza llegó a conectar sólo parcialmente con las clases populares, y lo hizo fundamentalmente a través del sindicalismo social (la PAH). Allí se generaron los espacios más combativos y eficaces de toda la ola. También se mezclaron en esos espacios trayectorias migrantes con las de activistas blancos. Sin embargo, no fue suficiente para crear un sujeto más amplio y potente desde el punto de vista de una transformación social sostenida en el tiempo. Por otro lado, y a pesar del sesgo generacional destacado, como ha comentado Adriana Razquin, en el 15M se entretejieron memorias y trayectorias militantes de diferentes generaciones: si el movimiento pudo cuestionar el presente y el pasado, fue por todo el caudal de conocimientos, afectos e historia viva que militantes mucho más mayores —luchas sindicales, antifranquismo, izquierda radical, feminismo— aportaron al movimiento. Y con sus historias también llevaron experiencia y lucidez a las plazas.

El recuerdo y el rito son necesarios por el relato que construyen. Y es preciso recuperar tanto la genealogía del movimiento como sus potencialidades, las posibilidades efectivas que abrió, las puertas que dejó cerradas y esperan ser abiertas.

El ciclo 15M – Podemos, por utilizar los términos de Emmanuel Rodríguez, tuvo la capacidad de romper el tablero clásico del Régimen del 78. Puso en serios aprietos al bipartidismo. Demostró que se podían “asaltar los cielos”, pero para poder gobernar de otra manera se requería mucho más de lo que pudo ponerse en juego. El problema del autogobierno era más exigente. Pensar la cuestión del poder más allá de los clichés institucionales fue la tarea pendiente de la fase que atravesó Podemos. La del 15M fue probablemente la de madurar una apuesta política propia —madurar la cuestión del partido y la constitución de la clase—. Con mimbres imperfectos, se intentó la aventura de cambiar las cosas. Se llegó donde se pudo tras una carrera de obstáculos. Si bien los puntos ciegos de aquellas apuestas parecen ahora más nítidos, la atmósfera a la que ha dado lugar la pandemia no deja de inducir cierta nostalgia en todos los que fuimos convocados, de un modo u otro, por el movimiento y los experimentos políticos que se inspiraron en él. Lógico. Aquella efervescencia que late en la memoria es casi un bálsamo para momentos de difícil travesía como el actual —con una restauración del Régimen del 78 aguijoneada por la extrema derecha—.

Lo cierto es que la memoria y el relato del 15M son cruciales. Como todos los acontecimientos que dividen a su modo la historia, tiene y tendrá su detractores a izquierda y derecha. El lugar común de estos personajes siempre será la reacción. Algo parecido le sucedió a otro mayo del siglo XX. Habrá quienes piensen que recordar es traicionar al movimiento, fijar de algún modo ese dinamismo en una serie de rituales. Pero el recuerdo y el rito son necesarios por el relato y la cultura que construyen. Y es preciso recuperar tanto la genealogía del movimiento como sus potencialidades, las posibilidades efectivas que abrió, las puertas que dejó cerradas y esperan ser abiertas. Conviene aproximarse a aquel acontecimiento y beber de su desorden, del caos creativo de su cuestionamiento. Probablemente el 15M sea, al mismo tiempo, una educación sentimental, una escuela política y un aprendizaje histórico para quienes lo vivieron. Todo a la vez. Resta descifrar las tareas que nos ha legado e inventar nuevos encuentros que despierten la potencia colectiva. Materializar otra vez esa atmósfera de posibilidad. Y repetirle de nuevo a las élites una frase conocida a la cara: “Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”.

Mario Espinoza Pino

Publicado originalmente en El Rumor de las Multitudes el 15 de mayo de 2021, a una década del 15M.

Fotografía de Olmo Calvo.

1 comentario en “Rumores de mayo: el 15M y la década de lo posible

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